Valores de la vocación cisterciense

Una carta sobre la vida contemplativa

 

                      Reverendo y querido Padre (1):

            Esta mañana he recibido su carta del 14 de agosto y veo que he de contestarla inmediatamente, a fin de que tenga la respuesta antes de fin de mes. Así es que no tengo tiempo para pensar y hacer un plan, y debo escribirla con rapidez y espontaneidad. También debo escribirle directa y sencillamente, diciéndole con claridad lo que pienso, sin pretender proclamar un mensaje que en realidad no es mío.

 

Diré lo que pueda, que no es mucho, y dejaré lo demás para que usted lo encuadre en un documento de una profunda teología que trans-mita con claridad la esperanza que pueda ayudar al hombre de hoy en sus grandes dudas.

Por otra parte, debo empezar diciendo que he sentido gran desazón ante la petición del San-to Padre, porque nos crea una situación difícil. No somos expertos en nada. Hay pocos contemplativos en nuestros monasterios. No sabemos nada de los vuelos espirituales y, por honradez, nuestra primera obligación debería ser reconocerlo francamente, añadiendo que no conocemos el lenguaje del hombre de hoy. Hay un gran peligro en que, por querer com-placer la benévola demanda del Santo Padre, que nace de su gran estima por nosotros, vayamos a hacer una solemne declaración que, en vez de estimular al hombre de hoy, lo  lleve a una mayor desesperación, sencillamente por hacerle creer que nosotros pertenecemos a un mundo enteramente diferente en el que hemos conseguido anclarnos en el pasado a base de esfuerzos puramente voluntarísticos y de renuncias de total evasión.

            Estoy de acuerdo con usted en que debemos evitar a toda costa caer en este error que sería una falta de caridad. En cualquier caso, y sea lo que sea lo que hagamos, debemos hablar al hombre de hoy como hermanos suyos, como personas que pasan por las mismas dificultades que él, aunque tengamos el gran privilegio de estar exentos de tantas, tantísimas preocupaciones y sufrimientos como él tiene. Y no hemos de creernos con el derecho de hablar desde arriba al hombre moderno, de darle normas desde una posición de una supuesta preeminencia, cuando quizá él presiente que los muros de nuestros claustros no han hecho otra que situarnos en un mundo irreal.

            El problema de las órdenes contemplativas de cara al hombre actual es un problema de gran ambigüedad. La gente nos mira, reconoce que somos sinceros, que es verdad que hemos encontrado una cierta paz, y que después de todo puede que sea algo que valga la pena. Pero, ¿podremos convencerle de que esto significa algo para ella? Si estuviésemos absolutamente seguros de poder responder afirmativamente a esta cuestión, sería muy sen-cillo trazar las líneas del mensaje que se nos pide que redactemos. Pero, al menos para mí, esto no es tan sencillo. Ypor esto quizá yo no soy el más indicado para tomar parte en esta empresa. De hecho, toda esta introducción es en parte un ruego para que se prescinda de mí, para que se me exima de esta tarea para la que no me siento en absoluto preparado.

            A pesar de todo, como le dije antes, voy a intentar decir a mi modo lo que personalmente, a título privado, creo que he de decir y de hecho digo al hermano que está en el mundo y que cada vez con más frecuencia viene a mí con sus males, que son los míos propios. Quizá el Santo Padre sea un buen samaritano, pero yo y mi hermano del mundo somos dos hombres que hemos caído en manos de ladrones y hacemos lo que podemos para salir de la cuneta.

            Por tanto, lo que estoy escribiendo lo hago como un pecador a otro pecador, y en modo alguno hablo oficialmente en nombre del «órden monástico» con todas sus ventajas, prestigio y tradición.

 

(1)Esta carta, escrita a vuela pluma y dirigida al abad del monasterio cisterciense de Frattocchie, junto a Roma, fue la respuesta a la petición formulada por Pablo VI de «un mensaje de los contemplati-vos al mundo" (N.E.).

                                                                                

            A modo de ejemplo, propongamos este mensaje de un hombre al que se le llama contemplativo a otro llamado hombre del mundo:

            Querido hermano: En primer lugar, perdóname que me dirija a ti sin que tú te hayas dirigido previamente a mí, ni me hayas pedido en realidad nada, y perdóname que esté tras un alto muro que tú no comprendes. Este alto muro es para ti un problema, y quizá también lo es para mí, querido hermano. Quizá me preguntes por qué estoy tras un muro sin que nadie me lo haya mandado. Quizá no quedes contento si te respondo que detrás de este muro tengo sosiego, recogimiento y tranquilidad de corazón. Quizá me preguntes qué derecho tengo a esta paz y a esta tranquilidad cuando algunos sociólogos piensan que el tener un rincón para sí llegará a ser un lujo desconocido en la vida de los jóvenes de nuestros días.

            Yo no tengo una respuesta que te pueda convencer. Es verdad, como dice un proverbio musulmán, que «la gallina no pone los huevos en la plaza». Es verdad que, cuando vine al monasterio en el que vivo, vine de rechazo por la confusión sin sentido de una vida en la que había tanta actividad, tanto movimiento, tantas conversaciones inútiles, tanto afán superficial e innecesario, que ahora ya no puedo recordar quién era yo. Pero esto no quiere decir que mi huida del mundo sea un reproche para ti que estás en el mundo, y no tengo de-recho a repudiar el mundo de un modo puramente negativo, ya que, si hiciese esto, mi huida no me llevaría a la verdad ni a Dios, sino a una ilusión personal, por muy piadosa que fuese.

            ¿Podría decirte que he encontrado respuesta a los problemas que atormentan al hombre de nuestro tiempo? No sé si he encontrado respuesta. Al principio, cuando me hice monje, estaba más seguro de las «respuestas», pero a medida que he ido creciendo en la vida monástica y avanzando en la soledad, me he dado cuenta de que apenas había empezado a indagar cuáles eran los problemas. ¿Y cuáles son estos problemas? ¿Puede el hombre encontrar el sentido de su existencia? ¿Puede honradamente darle algún sentido aceptando sencillamente unas explicaciones que quieren decirle por qué fue creado el mundo y cuándo terminará, por qué existe el mal y lo que es necesario para llevar una vida buena?

            Querido hermano, quizá en mi soledad me he convertido para ti en un explorador, en un buscador en un mundo que no puedes visitar a no ser acompañado de un psiquiatra. Me he sentido impulsado a explorar una zona del desierto del corazón del hombre en la que las explicaciones ya no bastan, y en la que uno se da cuenta de que lo único que vale es la experiencia. Una zona del alma árida, rocosa, oscura, iluminada a veces por escasos relámpagos que encogen el corazón humano y llena de espectros de los que los hombres se guardan con cuidado, excepto en las pesadillas.

            En este nivel, he aprendido que uno no puede conocer lo que es la esperanza a no ser que haya aprendido hasta qué punto ella es como la desesperación. El cristianismo ha dicho esto mismo durante muchos siglos con otros términos no tan rudos, pero el lenguaje cristiano ha sido tan mal usado y empleado que a veces se desconfía de él. No sabes si tras el término «cruz» está la experiencia de la misericordia y de la salvación, o sólo la amenaza del castigo. Si lo que te digo significa algo para ti, puedo decirte que he palpado cómo la cruz significa misericordia y no crueldad, verdad y no decepción; que la novedad de la verdad y del amor de Jesús es realmente la verdadera buena nueva, pero que en nuestro tiempo es tanto como predicar en el desierto.

            Sin embargo, quizá resuene más en ti que en mí, y quizá Cristo esté más cerca de ti que de mí. Lo digo sin sentimiento de vergüenza o de culpabilidad, ya que he aprendido a gozarme de que Jesús esté en el mundo, en los hombres que no lo conocen, de que obre en ellos cuando ellos mismos piensan que están lejos de él, y mi alegría es decirte que confíes, aunque tú pienses que es imposible la esperanza para los hombres. Ten confianza, no porque pienses que quizá seas bueno, sino porque Dios no nos ama en razón de nuestros méritos, y todo lo que pueda haber de bueno en nosotros viene de su amor, no de lo que podamos hacer nosotros. Confía porque Jesús está con los pobres y desechados, y quizá con los despreciados por aquellos mismos que debían buscarlos y cuidar de ellos con mayor delicadeza precisamente porque obran en nombre de Dios. Nadie en absoluto en este mundo debe desconfiar de Jesús, ya que él ama al hombre, lo ama en su pecado, y nosotros también debemos amar al hombre en su pecado.

            Dios no es un «problema», y nosotros que vivimos la vida contemplativa hemos descubierto por experiencia que nadie puede conocer a Dios en tanto esté buscando resolver «el problema de Dios». Querer resolver el problema de Dios es lo mismo que querer ver los propios ojos. No podemos ver nuestros propios ojos, ya que con ellos es como vemos, y Dios es la luz con la que vemos, no un «objeto» claramente definido llamado Dios, sino todo lo demás en el único invisible. Pues Dios es el vidente, el que ve, y el visto. Dios se bus-ca a sí mismo en nosotros, y la aridez y tristeza de nuestro corazón es la del Dios que desconocemos, que no puede encontrarse a sí mismo en nosotros porque no nos atrevemos a creer o a confiar en la increíble verdad de que él pueda vivir en nosotros y que podamos ser objeto de su predilección. Y si nosotros vivimos, es únicamente para esto: para ser el lugar elegido por él para habitar, para manifestarse al mundo, para su epifanía.

            Pero nosotros lo oscurecemos y ofendemos porque no creemos; nos negamos a creer. No es que odiemos a Dios; más bien es a nosotros mismos a quienes odiamos. Desconfiamos de nosotros mismos. Si llegáramos a reconocer con humildad y sinceridad el verdadero valor de nuestro yo, veríamos que su valor es la señal de Dios en nuestro ser, su marca impresa en nosotros.

            Afortunadamente, se nos ha dado el amor de nuestros hermanos los hombres como medio para realizarlo, ya que el amor de nuestro hermano, de nuestra hermana, de nuestras amistades, de nuestra esposa, de nuestros hijos nos está mostrando con la claridad del mismo Dios que somos buenos. Es el amor del que me quiere, de mi hermano o de mi hijo, el que descubre a Dios en mí, el que hace que yo reconozca a Dios en mí mismo. Y es mi amor a la persona que quiero, a mi hijo, a mi hermano, el que me capacita para que les des-cubra a Dios en ellos mismos. El amor es la epifanía de Dios en nuestra pobreza. La vida contemplativa es, por consiguiente, la búsqueda de la paz, no por la exclusión de toda realidad externa, ni por cerrar estérilmente de un modo negativo los sentidos a este mundo, sino por la apertura al amor. Empieza con la aceptación de mi propio yo en mi pobreza y en mi actitud de casi desesperación, a fin de reconocer que donde está Dios no puede haber desesperación, y que Dios está en mí incluso cuando me siento desesperado. Que nada puede cambiar el amor de Dios por mí, ya que mi existencia es la señal de que Dios me ama y la realidad de su amor es lo que me crea y me sostiene. Ninguna necesidad hay de entender cómo puede ser esto, ni de explicarlo, o de resolver los problemas que parece plantear, ya que hay en nuestros corazones y en lo más profundo de nuestro ser una certeza natural que nos está diciendo que en tanto existimos estamos totalmente penetrados por el sentido y la realidad de Dios, aun cuando seamos completamente incapaces de creerlo y experimentarlo
en términos filosóficos o religiosos.

            Querido hermano, el contemplativo no es aquel que tiene vsiones resplandecientes de querubines llevando a Dios en su fulgurante carroza, sino simplemente aquel que ha arriesgado su alma en el desierto en el que no hay palabras ni ideas, donde se encuentra a Dios en la desnudez de la pura verdad, es decir, en medio de nuestra pobreza e imperfección, a fin de no volver a agarrotar nuestras almas en nuestra propia pequeñez, como si el pensar nos diese el ser.

            Por eso, hermano, el mensaje de esperanza que te ofrece el contemplativo no con-siste en que tengas que buscar tu camino a través de la jungla de palabras y problemas que hoy envuelven a Dios, sino que Dios te ama, lo entiendas o no, que está presente en ti, que vive en ti, que habita en ti, que te llama, te salva y te ofrece un conocimiento y una luz que no tienen comparación con nada que hayas encontrado en los libros u oído en los sermones. El contemplativo no tiene nada que decirte sino alentarte y asegurarte que si te atreves a penetrar en tu propio silencio, a caminar en la soledad de tu propio corazón, y a arriesgar el compartir esta soledad con el otro solitario que contigo y a través de ti busca a Dios, llegarás a encontrar la luz y la capacidad para entender lo que está más allá de todo lo que se puede decir o explicar, ya que está demasiado cerca para poderse explicar: la íntima unión en las profundidades de tu propio corazón entre el espíritu de Dios y tu más recóndito y oculto yo, de modo que tú y él seáis en verdad un solo Espíritu.   

            Con todo mi afecto en Cristo.

                                                                       *

            Estas son las pocas ideas que se me han ocurrido escritas de corrida. Cuanto más digan otros, tanto mejor.

 

Suyo en Cristo Jesús

Fr. M. Luis (Thomas M erton)

 

Abadía de Getsemaní 21 de agosto de 1967

 

                                              

 

 

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