1. El monje levita. El principal oficio de los monjes es rendir a La Divina Majestad un servicio a la vez humilde y noble dentro de los muros del monasterio.
2. El monje profeta. El profeta aparece en Israel en el momento en que el pueblo de Dios se instala en “La Tierra Prometida” y corre peligro por su estabilidad el sentido de la transcendencia del designio de Dios sobre él. Así el monje aparece dentro de la Iglesia en el momento que los cristianos se instalan en la sociedad (el imperio Constantiniano, El Feudalismo y Capitalismo Medieval). La misión del monje de nuestros días es como la del profeta: Es una espiritualidad de ruptura y de interpelación, Ruptura con el mundo, interpelación a la sociedad y a sus injusticias, llamamiento a lo único necesario. Anunciar lo esencial, alentar a los que viven en la tibieza, estar preparados para “El Día de Dios”, atentos a los signos de los tiempos: Tal es la misión del monje de hoy.
3. El monje sabio. Su sabiduría es La Locura de Dios. La verdadera humildad del pobre de corazón. Esta se manifiesta como dice La Regla de San Benito en: El sentimiento de la presencia de Dios, renuncia a la propia voluntad, obediencia incondicional, paciencia en las pruebas y humillaciones, apertura de conciencia al padre espiritual, gustos por los trabajos modestos, convicción de su incapacidad, conformidad al ejemplo de los ancianos, silencio exterior, gravedad en el porte, sobriedad en el hablar y conciencia de su condición de pecador.
- CAPITULO SEGUNDO: ¿Clérigo o Laico?
Los monjes no son ni clérigos ni laicos, son monjes. Gentes del mundo y monjes tienen el mismo deber de alcanzar la cima de la perfección. El laico no tiene nada más que el monje, sino la cohabitación con una mujer. Allí está la diferencia, en lo demás son iguales.
Entre los siglos XII hasta El Concilio Vaticano II, la reforma Gregoriana (y acaso las escuelas francesas) “Sacerdotizaron” el monacato, ya que, para ser monje de coro en sentido pleno, hacia falta, hasta esta fecha, ser sacerdote.
La Tradición monástica se ha visto siempre muy reservada sobre el acceso de los monjes al sacerdocio.
- CAPITULO TERCERO: ¿Estar solo o vivir juntos?
“El que no sabe estar solo que se guarde de la vida comunitaria….
El que no sabe vivir en comunidad, que se guarde de la soledad”.
Como decía León Bloy: “Cuanto mas se acerca uno a Dios, mas solo se siente”.
- CAPITULO CUARTO: ¿Fundaciones o Cismas?
A veces se olvida de que un monasterio no es un grupo de hombres que se ha escogido para que vivan juntos, para que se santifiquen mutuamente en la vida común, soportándose por amor unos a otros. Un monasterio es un cuerpo vivo que tiene sus crisis de crecimiento y en cuya vocación esta la de dar a luz a otras comunidades. Ahora bien, no existe crecimiento sin malestar, ni parto sin dolor.
Separarse porque no se entienden es una solución facilona que a la larga no progresa. Es difícil para los contemporáneos apreciar las motivaciones de una fundación. Al enjambre salido de la colmena, se hace a veces imposible mantenerle la pregunta: ¿De que espíritu sois vosotros?
- CAPITULO QUINTO: ¿Monacato urbano o rural?
De la sabiduría y la sencillez del mundo del campo a la locura y a la maldad del mundo de las ciudades.
Los monjes se han instalado en las soledades, despreciando la agitación estéril de las ciudades, el bullicio, las prisas, la corrupción y dispersión que ahogan al espíritu.
El desierto o el campo son una condición favorable, pero no son más que un medio al servicio de la soledad interior, pues “Más vale con muchos y llevar en espíritu un puro corazón que estar solo y vivir de corazón con la muchedumbre”. El reposo de corazón y una conciencia tranquila en donde descansen las cualidades del amor: dulzura, paciencia, bondad, perdón, amabilidad, comprensión, tolerancia, etc.…misericordia, es lo que el monje necesita, esté donde esté.
El monasterio urbano, oasis para mujeres y hombres. Oasis de paz, de paz, de silencio, de oración para los ciudadanos, en medio del acelerado ritmo de la ciudad modernos, del activismo, en medio del trabajo demoledor de la maquina de la producción en dónde la persona es solo un objeto en su engranaje consumista, un método perverso para fragmentar mas a la persona. Los pecados capitales, vicios, pobreza y miseria, angustia y miedo, inseguridad, búsqueda enloquecida de los placeres efímeros, relaciones superfluas, egocentrismos, violencia, agresión, tristeza, desencanto, dependencias, inmoralidades, abusos, ilusiones, idolatría…etc.
Para el hombre perfecto, de puro corazón no existe lugar perverso, pues su alma purificada, unificada y libre solo ve en los demás el reflejo de sí (El Amor de Dios que fluye a través de él. Pero para los más inmaduros las posibilidades de extraviarse en la dispersión viviendo en las ciudades son muchas.
Lo artificial y lo superficial tienden a fomentar el mal. Lo natural es esencialmente bueno, enseña al hombre inquieto, tenso y desgraciado las virtudes del orden, del ritmo, de la quietud.
Por otra parte, la ciudad facilita mas que el campo el anonimato, la “Xénitea” tan cara para los padres del desierto.
“Si amas el desierto, no olvides que Dios prefiere a los hombres” y “La verdadera soledad es presencia de Dios”.
- CAPITULO SEXTO: ¿Monacato o herejías?
El carácter de los monjes suele ser apasionado, por eso, no es sorprendente que entre sus filas sean reclutados a menudo santos y herejes.
El Pelagianismo: Pelagio, monje bretón del siglo IV puso todo su énfasis en su camino hacia Dios en la vida ascética, considerando que el recurso de La Gracia era una solución facilona para alcanzar a Dios.
El Jansenismo: Trece siglos mas tarde se vuelve a manifestar esta misma forma heroica pero carente de amor en algunos monasterios franceses, en donde los monjes y monjas se apoyan mas en su propio esfuerzo personal que en la Misericordia Divina manifestada por La Gracia.
Milenarismo: Hacia la vertiente opuesta aparece esta forma de espera perezosa de una salvación procurada por Dios a sus privilegiados que se abandonaban a El.
Quietismo: Del mismo modo Los Quietistas creían que el hombre estaba predestinado ya antes de su nacimiento, siendo inútil cualquier interferencia de su propia voluntad para cambiar su destino.
Monofismo e integrismo: Aquí ya no se trata de una herejía moral sino dogmática.
Angustia hacia el porvenir y el cambio que implica, más que La Santa Fidelidad al pasado y a La Tradición. El fanatismo monástico del Integrismo caza y acosa en otros las dudas y vacilaciones que le atormentan a él mismo. Todo esto bajo la apariencia de un esfuerzo hacia la perfección.
- CAPITULO SEPTIMO: ¿Sincretismo o sectarismo? El monacato no cristiano
No todos los monjes son cristianos, ni todos los cristianos son monjes.
1. Apariencias comunes: Soledad, silencio, oración, ayuno, celibato, vida común, hábito, tonsura.
2. Diferencia radical: El monje no cristiano busca a Dios, el monje cristiano lo busca a través de Cristo.
3. La unidad profunda: Los monjes cristianos y no cristianos podrían en el futuro ser el fermento de la unidad religiosa de la humanidad, basada sobre la experiencia de un Dios que ama al hombre.