En el pasado, la relación entre consagración religiosa y realización humana ha conocido fases alternativas: desde el desconocimiento del nexo al unilateralismo desequilibrador hacia uno de los dos polos, y de esto a la búsqueda de una integración entre ambos, aunque no haya resultado fácil.
1. La negación de lo humano
En el modelo de perfección, del que ya hemos hablado, apenas había puesto para lo humano, sino para indicar que debía de ser controlado y reprimido y, en un sentido extremo, combatido como a un enemigo o rechazado como una tentación.
L. Boff, en un interesante estudio sobre la santidad de Francisco de Asís, opone tal modelo de perfección al de la integración, y da una interpretación de tal modelo, clásico en un tiempo. El que aspira (o aspiraba) a la <<perfección>> (más como método que como objetivo), usa la estrategia de la canalización. Tal estrategia puede representarse por una flecha que toma la dirección de un punto preciso. Punto preciso, obviamente, que es la santidad, al que la persona tiende con intentos serios, pero con el siguiente plan más o menos tácito: todo lo que no casa inmediatamente con una imagen de santidad –sentimientos, imperfecciones, la propia parte humana con sus defectos, pasiones, aspiraciones, etc.- es objetivo equivocado, al que por lo tanto hay que eliminar y olvidar. En otras palabras, sólo tienen derecho a la existencia los aspectos positivos, los que difunden luz, bondad, amor, etc. Los otros menos positivos, obscuros o con sombras, aunque pertenecen a la realidad humana, no se toleran, como presencia no grata y rechazable de un intruso, como elemento extraño que obscurece la imagen del yo y complica y daña los proyectos (de santidad), y que por ello mismo deben ser penalizados: no sólo hay que ponerlo bajo control sino que deben ser negados y cancelados.
Pretensión totalmente absurda, porque lo que se pretende <<remover>> no desaparece de hecho, sino que permanece presente como fuerza negada y no aceptada, pero que conserva todo su vigor, que el individuo no controla y que, en todo caso, reclama su derecho a la existencia. De este modo, entre otros, como indica la psicología, es como nace el inconsciente[1].
Como consecuencia, la vida interior de tal individuo se verá totalmente perturbada por la amenaza continua y oculta llevada a cabo por estas fuerzas que se han intentado remover pero que no han sido vencidas; y, una consecuencia mucho más grave, se verá empobrecida por la desaparición de unas energías causadas con una pretensión ambiciosa y masoquista.
Dice Boff: <<En el cristianismo postridentino (desde el siglo XVI en adelante) prevaleció este etilo de ideal cristiano y de santidad. El santo cristiano es un controlador perfecto de todos sus instintos; persigue inflexiblemente su ideal de perfección que se logra sacrificando lo humano, en actitudes y en relaciones[2].
Probablemente no es cierto que muchos santos modernos hayan sido duros y rígidos, pero sí lo es que cierto concepto de la santidad y de la consagración a Dios no ha ayudado ciertamente a vivir en plenitud la propia humanidad; más aún, ha complicado todavía más un camino ya de por sí difícil, llegando en ciertos casos a desalentar su propuesta y deseo de emprenderlo.
2. El ídolo de la autorrealización
Como hemos visto ya que el precedente excursus histórico, el tiempo inmediatamente posterior al concilio ha estado marcado por posturas altamente reactivas, especialmente en ciertos sectores de la vida eclesial. Lo mismo ha sucedido en el tema que estamos considerando: de un proyecto de consagración, que acentuaba excesivamente la tensión ideal de perfección objetiva, a un proyecto de consagración desequilibrado por el lado opuesto, el de la realización del yo actual, de las propias cualidades y aspiraciones subjetivas. Como efecto de la conocida ley de que los extremos se tocan, también en el caso de la propia realización se corrió el peligro de ir al polo opuesto, y convertirlo en ídolo, el ídolo de la autorrealización.
Autorrealización parecía una palabra mágica, garantía de autenticidad de un proyecto de consagración, una especie de paso obligado y de condición sin la cual de obediencia no resultaba vinculante, ni una opción de vida atrayente. Y ello con consecuencias notables: la primera, la de fijar la propia identidad no ya en el ideal y en el carisma, sino en las propias cualidades y realizaciones; también la de depender de la dedicación a aquellos que permite manifestar los propios talentos y obtener resultados satisfactorios; otra consecuencia es la manía de confrontación competitiva con los demás, con el resultado lógico de celotipias, envidias, rabietas, depresiones, y el efecto último –ironía de la suerte- de no entirse nunca del todo realizado o en posesión de una identidad positiva[3].
En efecto, ha experimentado más que ningún consagrado en su propia piel y en su persona el juego amargo, trucado y engañoso, de una pretendida autorrealización: el ídolo nunca satisfecho y cada vez más exigente, seductor y desleal siempre con quien, como Narciso, quisiera mirarse en el espejo de todo cuanto hace, imagen fatua e inconsciente del yo, reflejándose en las aguas donde todo Narciso antes o después, termina por anegarse…
3. La integración entorno al núcleo
En el tiempo de discernimiento reflexivo, entre los extremos de la negación de lo humano y del ídolo de la autorrealización, surge la alternativa de la integración.
Netamente opuesta a las dos estrategias precedentes, podríamos representarla por la imagen del círculo que engloba y asume –extendiéndose en círculo concéntricos cada vez más amplios- todas las potencialidades de la persona. Instrumento operativo de la lógica integradora es la centralidad, o sea el proceso de búsqueda y descubrimiento de un núcleo central que permite hacerse cargo de toda la propia realidad, positiva y menos positiva.
El hombre integrado no parte con la idea de abolir nada; lo que se propone es hacer que todos los impulsos vitales y todos los componentes de su personalidad giren en torno a este centro vivo, como satélites alrededor de su planeta. Lo mismo el consagrado que tiende a la santidad.
Entonces el problema no es sólo encontrar el punto de referencia de la propia vida, el perno que sostiene toda la trama, sino el establecer la concordancia entre este centro de valores y todo el resto.
Ahora bien, lo mismo que en la célula el núcleo representa la parte vitral, así en el consagrado el carisma (o aquella particular imitación específica de Cristo) es el núcleo que sostiene y da vida, vida plena que se extiende a todo aspecto de la persona, porque el carisma, por definición (como ya lo hemos visto), es precisamente esto: revelación del ser, propuesta precisa y detallada que abraza toda la vida y todo elemento de la misma, dándole un estilo inconfundible, al mismo tiempo que sirve de provocación, saludable y eficaz, para que el hombre dé todo lo mejor de sí mismo.
Desde este punto de vista, el proceso es recíproco: no sólo el carisma, núcleo central, proporciona vida y sirve de complemento a la parte humana, sino que en cierto sentido tiene necesidad de la misma y es a s vez provocado por ella, porque es impensable un don del Espíritu que no se encarne en una persona, que no sea perceptible y palpable en un ser humano, enraizado en un contexto histórico cuyas diversas situaciones son una especie de provocaciones que desvelan aspectos nuevos del carisma (o al menos comprometen al consagrado a ir en su búsqueda). De este modo, cuantos más aspectos concretos de la existencia humana se consideren, mayor sentido tiene un seguimiento específico de Cristo y más se manifiesta la plenitud de sentido para la vida del hombre.
Es un desafío y un enriquecimiento recíprocos: por un lado, la consagración a Dios hace ser más hombres, y de otro la propia humanidad es revelación y lugar teológico donde aquella consagración particular se manifiesta.
El resultado nos muestra el perfil de un santo, hombre integrado porque todo cuanto advierte dentro de sí, lo mismo que sus obras y proyectos, trata constantemente de… volver al centro. Lo negativo que hay en él lo afronta con naturalidad, no trata de arrojarlo porque sabe que eso mismo contiene una energía preciosa que ni puede ni quiere desperdiciar; entonces trata de asumir y valorar sus limitaciones, descubriendo la presencia de Dios en su pobreza radical[4].
Es la experiencia de Pablo, que llega a <<vanagloriarse>> de sus debilidades (2 Cor 12, 7-10). Cuando se acepta lo negativo pierde virulencia, al mismo tiempo que la energía liberada acude a reforzar el polo positivo, aquel núcleo que el sujeto integrado coloca cada vez más como centro de su vida, centro poderoso que todo lo atrae y armoniza.
En consecuencia, es un individuo rico de energías y de humanidad, siempre libre para dejarse atraer de cuanto es verdadero, bello, bueno y de realizarse según la verdad de su yo, capaz de solidaridad y de ternura, feliz de vivir pobre, casto, obediente… Sobre todo es un consagrado que puede dar testimonio válido de la hermosura de su vocación.
De este modo resulta posible la autorrealización, de modo muy distinto a los proyectos mezquinos y egoístas de Narciso. Diferente, también, de la lógica de la negación, que tiende a marcar entre la realidad y el ideal, a separar, a crear vallas insalvables entre la realidad y el ideal, entre tentación y aspiración, entre comunidad y sociedad, entre hombre y mujer, etc.
Probablemente son más de uno los aspectos de la vida humana, o de nuestra propia persona, que un extraño concepto de la vida consagrada nos ha llevado a marginar, y que, por reacción, han explotado después de modo incontrolado, por lo que hoy se impone una inteligente integración.
Quisiera fijarme en uno de estos aspectos, que me parece fundamental para vivir en plenitud nuestra humanidad y dar testimonio igualmente válido de nuestra vocación. Es la dimensión de la afectividad, entendida como fuerza interior, energía dinámica, capacidad de apasionarse y conmoverse, esmero en la relación humana, coraje en el amar y en el dejarse amar, así como la expresión (no sólo en el dominio) de los propios sentimientos de los otros, ser capaz de amar a Dios, en una palabra, no sólo con la cabeza y la voluntad, sino con todo el corazón, y del mismo modo al prójimo…
Podríamos compendiar toda la riqueza de esta realidad en una sola palabra, la feminidad.
Podrá parecer raro, pero sólo a quien no reconoce a no quiere reconocer tal dimensión como constitutiva de todo ser humano, a quien no sabe leer en su profundidad los cambios socio-culturales, ni ser sensible al llamamiento del Espíritu que se cuida de todos. Me refiero a aquel fenómeno típico de nuestro tiempo y de la cultura social y eclesial de la actualidad que es la renovada conciencia femenina. Sería hacer una lectura muy estrecha de un problema si lo redujésemos sólo a lo que afecta únicamente a lo social, a derechos que hay que conquistar y tareas que reivindicar. ¿No se da quizá en esta nueva toma de conciencia de lo femenino una provocación a redescubrir una parte de nosotros mismos, durante mucho tiempo… negada o mal soportada, cuando no teñida de culpabilidad y por lo mismo penalizada?
CENCINI, AMADEO
[1] Cr. A Cencini-A. Manenti, Psicologia e formazione. Strutture e dinamismi, EDB, Bologna, 1988, pp. 205-212.
[2] Boff, Francesco d’Assis: una alternativa umana e cristiana, Cittadella, Assisi, p. 192
[3] Cf. Cencini, Amerai, pp. 14-20
[4] Cf. Sobre este tema A. Cencini, Vivire ricociliati, EDB, Bologna 1988, pp. 114-158.
Hoy en ella se está sufriendo mucho por este motivo: Vivimos entre dos extremos:- o se niega lo humano en un intento absurdo por permitir que salga "solo lo bueno"...
-o se vive para el ídolo de la autorrealización que nos hace sufrir y hace sufrir a los nuestros lo indecible.
La clave está en El hombre Integrado que a descubierto cual es su verdadera Identidad SINGULARIDAD. . Es crucial, como dice el texto:
"Encontrar el punto de referencia de la ppia.vida, el perno que sostiene toda la trama, y establecer la concordancia entre este centro de valores y todo el resto"...y atreverse a organizar toda ntra.vida en coherencia con esto...al margen de lo que en ntra.sociedad esté bien visto...ESTÁ EN JUEGO NTRA.FELICIDAD Y REALIZACIÓN COMO PERSONAS...Y LA DE NTROS.HIJOS, FAMILIA, AMIGOS.
"El hombre integrado hace que todos los impulsos vitales y todos los componentes de su personalidad giren en torno a este centro vivo"
"El Carisma (de cada cristiano) es el núcleo que sostiene y da vida, vida plena que se extiende a todo aspecto de la persona...es revelación del ser propuesta precisa y detallada que abraza toda la vida y todo elemento de la misma, dándole un estilo inconfundible, al mismo tiempo que sirve de provocación saludable y eficaz, para que el hombre dé todo lo mejor de sí mismo".
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