«El trabajo, el retiro y la pobreza voluntaria, son las insignias de los monjes» (Bernardo de Claraval).
«Hemos de evitar la ociosidad mediante una ordenada variedad de ocupaciones, y proteger nuestra soledad con la alternante sucesión del trabajo» (Elredo de Rieval).
La presentación del cuadro de valores quedaría incompleta sin el valor trabajo u ocupación, que mantiene en equilibrio el fiel de la balanza de la vida cisterciense.
Es que para amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma se necesita también amarlo con todo el cuerpo. El cuerpo tiene también su derecho a la iluminación del amor. Amar a Dios con todo el cuerpo, es amarlo mediante el ayuno, las vigilias, y sobre todo mediante un trabajo manual que libere de tantos espejismos y mantenga a la persona entera en armonía y humildad.
Pablo mismo escribía: «Día y noche trabajamos para no ser gravosos a nadie» (1 Te 2, 9); y «ya sabéis por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros» (Hch 20, 34). Aunque sea un ideal religioso lo que congrega a los monjes en un mismo lugar, no tienen más remedio que organizarse como grupo humano. Están sometidos a la ley general del trabajo; tienen que ganarse la vida, para satisfacer necesidades propias y ajenas, «pero siendo siempre sinceros en el amor» (Ef 4, 15).
El trabajo contribuye a configurar la propia fisonomía de la comunidad como grupo laborioso, dinámico y creativo. El conjunto y la diversidad de actividades visibles permite también a los monjes distinguirse unos de otros, como en sus propios medios de maduración individual. Es uno de los factores que explica el legítimo pluralismo en el monasterio dentro de un margen aparentemente reducido y estrecho. Porque la variedad legítima de ocupaciones viene a significar matices coloreados de un único servicio al Espíritu.
Además, el camino de la sabiduría pasa por la armonía del cuerpo. La desvinculación entre sabiduría y trabajo es más que palpable en nuestra sociedad de consumo. La gente se afana y se inquieta en un forcejeo constante, ya no tanto para solventar las necesidades más indispensables, cuanto para mejorar un tren de vida y garantizar un mejor sistema de necesidades. Cuando falla la moderación, el trabajo agota y embrutece. En esto el monasterio cisterciense es un testimonio para el hombre de nuestro tiempo de que es posible y necesaria una sabia moderación en el trabajo, capaz de redimir y no de oprimir a la persona. Porque un trabajo realizado en un clima de paz que excluye toda agitación y activismo, cebo de la ganancia sin límites, no separa de la oración. Mientras el cuerpo se doblega armoniosamente en humildes tareas, toda la persona se ritma y simpatiza con la naturaleza equilibrada y armoniosamente silenciosa. Y mientras tanto el corazón se va sintiendo como liberado y se vuelve sabio con la sabiduría divina inscrita en las cosas; se despierta a la creatividad hasta brotar de la naturaleza la forma y la belleza que el Espíritu ha insertado en ella germinalmente; y en fin, agudiza su atención a la presencia de Dios a través de la propia profundidad.
Ya los monjes de Egipto medían la intensidad de la vida interior de los novicios y su progreso en la paciencia y en la humildad por su aplicación al trabajo. Sin embargo el trabajo no deja de ser un valor delicado; requiere una constante solicitud pastoral del Padre del monasterio (RB .57)..Porque el trabajo debe ser el mejor remedio contra la ociosidad, enemiga del alma (RB 48), y a su vez contra los pensamientos nocivos y los devaneos de la imaginación. Además este valor se convierte en culto de servicio desinteresado en favor de los demás. En cuanto culto desvela la celebración secreta de la tierra y de las cosas, celebración de la que cada cultura, cada persona, capta un acorde particular. En cuanto servicio es una real liberación de la envidia y del individualismo, de la eficacia y de la emulación ramplona en busca de merecimientos (ver Lc 17, 10). «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha» (Mt 6, 4). Y que ambas manos se entreguen generosamente, incluso al pobre y al peregrino: «He tenido hambre y me disteis de comer» (Mt 25, 35).
De este modo el trabajo es fuente de gozo e impregna de escatología al mismo cuerpo, transparente en su simplicidad y entrega: «Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que dura para la vida eterna» (in 6, 27).
notas referenciales
— Regla de S. Benito: 40, 5; 41, 2; 46, 1; 48, 1, 3, 11, 24; 50, 1.
— Constituciones: 3, 3, 5; 14, 2; 16, 4; 28.
— Bernardo de Claraval: Obisp 37; Cons 2, 6; Carta 1, 11; Rec, 1-3.
— Guillermo de S.T.: Carta Oro 45-48.
— Gilberto de Hoyland: Cant. 23, 3; 45, 8.
— Guerrico de Igny: Serm 11; 22, 5; 35,4; 49, 2.
— Elredo de Rieval: Recl 6.