Quietud

       

Quietud 

«Las preocupaciones embarazan el corazón; el reposo, lo dilata» (Gilberto de Hoyland).

«En vida hay que buscar la paz: la paz con Dios, con el prójimo y consigo mismo» (Bernardo de Claraval).        

  Quietud y sosiego, tranquilidad y descanso, son un fruto inmediato de la pobreza, de la virginidad y del seguimiento de Cristo por el Reino de los Cielos (Ap 6, 11; 14, 13). El descanso es un alto en el camino o la meta final (Hb 4, 8). Pero es también ausencia de preocupación, inconcebible en el discípulo: «No os preocupéis por la vida pensando qué vais a comer o beber; ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir» (Mt 6, 25). Si Marta se hace reprensible, se debe a su agitación y a su inquietud (Lc 10, 41).  

       El sosiego y la paz del corazón se garantizan al monje en su misma consagración al estado virginal (1 Cor 7, 32 ss). Liberado de cualquier atadura vital, causa de preocupación, puede poner su confianza totalmente en Dios. Y tiene que ser consecuente. Un sosiego exterior brota del espacio de silencio que le rodea, de una armonía de quehaceres que entretejen su jornada, de una atmósfera de soledad que pacifica el corazón y su vida entera. Sabe que el Señor es nuestra paz; y que _ la sigue ofreciendo como un don a los que se le acercan con el corazón sosegado: «mi paz os dejo; mi paz os doy» (Jn 14, 27). «Verdaderamente Dios es paz y pacifica todo» (Bernardo de Claraval).     

    Precisamente si algo caracteriza al monasterio como paraíso según la tradición espiritual dentro del monaquismo, es la paz que se respira como ambiente y como programa concreto de vida. Vivir en el monasterio es un descanso nada ocioso; es un ocio muy ocupado; como el de Dios, que desde su paz y sosiego infinitos y eternos mueve los astros y hace germinar cada simiente. Todo, fruto de un orden indescriptible. Por eso se ha definido la paz como «la tranquilidad en el orden» (Agustín de Hipona).         ¿Cómo podemos permeabilizarnos a esa paz que el Señor ofrece? Corre de nuestra parte el hacer libremente lo que seamos capaces; bien que el resultado de nuestro esfuerzo concierne a Dios sólo. Los frutos de la paz de nuestro corazón son para El, no para nosotros. Desde esta dimensión comenzamos a entender que tanto el sosiego o quietud como la paz del corazón son un estado de la persona humana transformada por el Espíritu Santo a semejanza de Dios.    

     Hay que empezar por ser sinceros y veraces; no refugiarse en evasiones ni en egoísmos; librarse de pasiones incontroladas, de deseos caprichosos, de pensamientos nocivos, de imaginaciones y ensueños. Hay que deshacer, mediante la humildad, toda dureza interior, sin sentir indiferencia por nada. La humildad guía a la paz. Y la paz con la humildad son el pábulo del amor que arde en el corazón. A la luz y al calor de esta llama se ven y se abrazan todas las cosas con una mirada ecuánime.    

     De este modo el monje se transforma en artesano de paz, mientras le acompaña a lo largo de su vida la bendición de Jesús: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Ya sabe que la paz no se consigue de una vez por todas. Se lo advierte S. Benito al comienzo de su Regla: «Busca la paz y corre tras ella» (Sal 33, 16). Porque hay que vivir constantemente pacificando todo nuestro ser, entrando en una dinámica de educación para la paz: desde la exclusión de todo ruido y agitación exterior, hasta una concentración distendida en la actividad interior del corazón en medio de lo cotidiano de la vida.     

    Esta paz del corazón no es fruto de una simple tranquilidad psíquica; supone un clima de silencio y de soledad en nuestro ámbito monástico, así como de serenidad y armonía en las relaciones con los hermanos. Aquí radica el ocio laborioso, que alienta la oración y el recuerdo de Dios. Toda la persona del monje se vuelve disponible a la acción del Espíritu Santo que otorga un gozo y una paz que el mundo desconoce.      

   Si buscas la paz, acércate al Dios de la paz que todo lo pacífica; y contemplarás por adelantado, con los ojos del corazón, aquella Jerusalén de arriba, la visión de paz (Ap 21, 2). Paraíso y descanso. 

 

¿MI CAMINO DE VIDA?

Los valores de la vocación cisterciense

PUBLICACIONES DEL SECRETARIADO DE FORMACIÓN CISTERCIENSE   

 notas referenciales

 — Regla de S. Benito: 31, 18-19; 34, 4; 41, 5; 66, 6-7.

— Constituciones: 3, 3; 22; 31, 2.

    Bernardo de Claraval: Var 3, 4; Carta 36; 78; 106; Conv 25.

— Guillermo de S. T.: Carta Oro n.° 43-45; Med 4.

— Elredo de Rieval: Espejo Car I, 18-21; 32; II, 24; serm Anunc 10.

— Isaac de Stella: Serm 17, 22; 21, 15; 25, 10; 28.

— Guerrico de Igny: Serm 49.

— Gilberto de Hoyland: Serm Cant 2; 11; 20, 7; 35, 2; Tr Asc 7,7. 

Agregue su comentario

Tu Nombre:
Asunto:
Comentario:
  Imagen, conteniendo la palabra secreta
Palabra Secreta:

San Rafael Arnáiz

Escuela del SIlencio

Oración y silencio

La vocación monastica

Monasterio Escalonias

Valores del Silencio

Cistercienses Primera Parte