Soledad y presencia

soledad y presencia 

«Es efecto de una gracia admirable que en estos desiertos que habitamos tengamos la paz de la soledad sin carecer del consuelo de una compañía agradable y santa» (Guerrico de Igny).

«Un amor entregado vibra hasta en la quietud de una soledad profunda, solícito siempre ante las necesidades ajenas» (Adán de Perseigne).    

      Hoy como ayer y siempre es válida la invitación del Señor Jesús: «Venid aparte, a un lugar solitario, y descansad un poco» (Me 6, 31). Y eso, a pesar de que no es bueno que el hombre se encuentre solo (Gn 2, 18).     

    Pero es que hay una soledad-aislamiento. Y ésta es mala. Va en contra de la naturaleza del hombre, de los designios de Dios sobre la humanidad. Por desgracia siempre ha habido, y hoy más que nunca, solitarios-aislados; personas que no han sentido el calor del amor de un consorte, de un amigo, de una familia; que un consumismo los ha desfondado del todo y devorado interiormente por la tristeza. Que su soledad los lleva al borde del suicidio; que aparentemente están con todos y tienen de todo; pero que por ello se hallan al margen de todo y de todos. El signo de esta soledad es la ausencia de los demás; y lo que es más terrible, de uno mismo.   

      Jesús no invita a esta soledad deshumanizante. Jesús llama únicamente a la soledad-comunión, que supone, en primer lugar, la confianza absoluta y una toma de conciencia de la presencia de Dios en la persona humana (ver Jn 8, 16-29; 16, 32), de la presencia de la persona en sí misma y en los demás a modo de acompañamiento; pero no tanto a través de los avatares diarios, cuanto en la peregrinación interior del hombre. Jesús asumió en su persona esta soledad que es además prueba (Mt 4, 1-1 1), oración y silencio (Mc 1, 35, 45).    

     Jesús es el creador de la soledad cristiana. El vivió su soledad para estar con todos. Y nos la ofrece como medio eficaz de comunión. Precisamente el monasterio se alza en un lugar solitario. Es una escuela de soledad para ahí aprender con Jesús a vivir la soledad-comunión con el Padre, y estar cerca de todos nuestros hermanos los hombres. Pero en primera instancia esta soledad cristiana exige una estrecha cercanía con los hermanos, miembros de una misma comunidad que tiene que proyectar al unísono su ambiente de soledad, característico, vivo y equilibrado. Luego, los vínculos de comunión se dilatan a la humanidad entera. Así el monje llega a ser un hermano universal; no sin sentirse profundamente lacerado por los sufrimientos, divisiones y odios que entretejen la historia.   

      El atractivo que el corazón siente hacia la soledad, que es oración. y silencio continuo ante el abismo del misterio de Dios, es una insinuación a acogerla como puro regalo en un compromiso generoso. Al fin y al cabo la soledad como regalo de Dios viene a ser el receptáculo más adecuado que contiene a la Palabra divina, de alcance inconmensurable; y que suscita por lo mismo en el corazón del solitario la actitud de escucha incondicional. Además cada rostro humano que se hace patente es una nueva revelación del hombre y de Dios, y nos orienta hacia el silencio interior, espacio imprescindible para que la dimensión humana despunte y se despliegue.      

   Por eso, el lenguaje de la soledad-presencia lleva consigo todo un programa de madurez y de sabiduría, una prudente ordenación de ritmos, de actividades y de lugares dentro del monasterio junto con un relativo cauce de comunicación con la sociedad y el mundo del hombre contemporáneo.        

     Nada hay más precioso, nada más delicado y frágil que este equilibrio silencioso y solitario, siempre amenazado por nuestros propios ruidos, nuestros desórdenes y miedos aislantes. Pero disponemos de un baremo: el silencio, la oración y la soledad de presencia y comunión como hontanar de alegría. La alegría es signo de vida, de música y armonía en el corazón del hombre, cuando percibe a través del silencio la belleza de las cosas, la transparencia de los seres y el esplendor de la Presencia de un Bien que nos Iibera. Este gozo en lo más íntimo del corazón y en el medio ambiente del monasterio es uno de los testimonios más irrecusables acerca del Dios vivo.   

¿MI CAMINO DE VIDA?

Los valores de la vocación cisterciense

PUBLICACIONES DEL SECRETARIADO DE FORMACIÓN CISTERCIENSE 

 notas referenciales

     Regla de S. Benito: 6; 7, 56-61; 4, 52; 42, 1, 8-9; 52, 2, 4; 1, 5; 66, 6; 52, 3-4.

    Constituciones: 3, 3; 22; 26; 27; 31, 1-3; 46, 2.

    Bernardo de Claraval: Cant 40, 4.

    Guillermo de S. T.: Med 4; Carta Oro n.° 7, 16.

    Guerrico de Igny: Serm 14, 2. 

Comentarios (1)
Soledad y presencia
1 Martes, 18 de Agosto de 2009 10:37
Agustín
Este texto pertenece al Nº1 del Secretariado de Formación Cisterciense,concretamente se encuentra en la pág.27.En él,después de citar a dos padres cistercienses que vivierón en los siglos XI-XII,se hacen dos citas de LA BIBLIA, que aparentemente se encuentran en contradicción.A lo largo del texto vemos que esta contradicción no existe, porque frente a la soledad-aislamiento tenemos la soledad-comunión,que nos permite no sólo penetrar en nuestro interior, sino también relacionarnos con los demás y sobre todo con ÉL.Y de esta manera lograr nuestro pleno desarrollo personal.Este desarrollo se logra en el plano individual,comunitario y de nuestra relación con Dios,que habita en nosotros.
Este gozo en lo más íntimo de nosotros y en el climax del monasterio es uno de los testimonios más irrecusables acerca DEL DIOS VIVO.
Es un fiel reflejo de la antropología cisterciense, y de su cosmovisión:el hombre está en este mundo para conseguir LA PLENITUD ETERNA, LA PLENA IDENTIDAD CON ÉL,NUESTRO CREADOR QUE HABITA EN NOSOTROS.Luego, es necesario realizar una profunda busqueda interior,en silencio, en nuestro corazón(agustinismo)para lograr nuestra felicidad.
Un abrazo en Cristo,Agustín.

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