Retiro mensual SER MONJE

 

           Estos días de retiro, decíamos que deberían de ser una llamada a la autenticidad; a profundizar en nuestro ser de monjes, para ser lo que somos, como nos decía Pablo VI. Ser, en verdad monjes. Pero la primera confrontación que se nos impone es la de saber ¿qué es un monje? Porque sería bien triste que después de años viviendo en el monasterio, no tuviésemos un concepto claro y preciso de qué es ser monje. 

         Vamos a pedirle al Señor, un don, una gracia, que parecería estar de más, pero que siempre necesitamos. Vamos a pedirle al Espíritu Santo que a nosotros monjes, nos de la gracia de profundizar, de penetrar en nuestra identidad para tener una idea perfectamente clara de lo que es ser monje. Y no lo podremos comprender sin una iluminación interior del Espíritu de Dios. 

         Quizá alguno de vosotros piense, y con toda razón, aquello que los fariseos le dijeron al ciego de nacimiento: “empecatado naciste de pies a cabeza y nos quieres dar lecciones a nosotros” (Jn 9,34). No pretendo daros ninguna lección magistral, sino entresacar de los escritos de los monjes que nos precedieron, los elementos esenciales del monje, para profundizar en ellos y que cada uno saque sus propias conclusiones. 

Definición del monje

          La primera pregunta que se podría hacer es: ¿qué somos? Y realmente no podemos más que dar una respuesta: somos monjes. En cierta ocasión, haciendo esta pregunta a cierto miembro de una comunidad monástica, me dijo, “yo soy portero”. Que pena me dio. Pues inconscientemente se identificaba como portero, por la función que desempeñaba en el monasterio más que por su identidad de monje. Y cuando esto sucede, cuando el monje se siente más portero que monje, defenderá con uñas y dientes su identidad de portero (su cargo en el monasterio). Y ya sabemos todos lo difícil que resulta después remover de su empleo en el monasterio a esta especie de monjes. 

          La tradición monástica, a través de las vidas de los Padres, de sus sentencias, y de los escritos de los teóricos de la espiritualidad monástica, nos ha dado cantidad de definiciones del monje. Definiciones que eran más descriptivas que analíticas, basadas en la propia experiencia. Pretendían trasmitir algo del misterio de la vida monástica, presentándola bajo metáforas, analogías y temas.  

        A través del estudio de estos temas, llenos de resonancias bíblicas, podemos conocer el pensamiento de los padres de la vida monástica. Se hicieron tradicionales en su literatura y se trasmitían de generación en generación. Los monjes medievales y los hagiógrafos, los heredaron del monacato primitivo, y no raras veces los ampliaron con entusiasmo. El sentido principal de ellos se mantiene en toda la tradición, aunque la propagación del cenobitismo abra la puerta a nuevos temas que enriquecen la vida común. De este modo se concibe el monasterio como la casa de Dios, la escuela de la educación divina, la palestra o estadio de las virtudes; la comunidad es la familia de Dios; la comunidad primitiva de Jerusalén, una pequeña iglesia.  

        Las metáforas más antiguas que proceden en su mayoría del monacato egipcio, presentan al monje como el mártir, el crucificado que imita a Cristo en sus dolores, el atleta que lucha por la corona, el esclavo al servicio de su amo divino, el soldado que pelea a las órdenes del rey celestial, el peregrino que viaja a la patria celeste. Le comparan a los profetas y apóstoles, a Adán en el Paraíso, y a los ángeles que alaban continuamente a Dios ante su trono. Su actividad consiste en huir del mundo a la amada soledad, renunciar a cuanto el mundo aprecia para conseguir el supremo valor del Reino de Dios; en un combate ascético, considerado como un “agon”, una dura batalla contra el enemigo y sus pasiones; o como una liturgia, un holocausto completo de sí mismo para gloria de Dios. La sabiduría del monje es la verdadera sabiduría, la verdadera filosofía, en contraste con la ciencia engañosa del mundo. Como se ve, un sinfín de temas que por supuesto no vamos a desarrollar, aunque era interesante el recordarlos[1].          En la época que siguió inmediatamente al concilio, en medio de la fiebre e incertidumbre con que las órdenes y congregaciones buscaban renovarse, circulaba una palabra entre los monjes. Tenía todo el sabor de un apotegma, y sin duda merecía el honor de ese nombre, aunque en vano se lo buscaría entre las compilaciones de sentencias de los Padres antiguos: Hélo aquí;Un hermano preguntaba a su anciano; ¿qué es un monje? Y el anciano respondía: Monje es aquel que cada día se pregunta ¿qué es un monje? 

        Tal respuesta sugiere, al menos, tres cosas. Primero, que la definición del monje no puede cerrarse en una simple sentencia. Después, que debe ser inagotable y sujeta a evolución y profundización a lo largo de los días y de los años. Finalmente, que no bastaría una definición racional, ya que esa pregunta debería hacerse día a día muy concretamente y la respuesta sólo brotaría de una experiencia vivida[2]. 

Monje = solitario   

       Todos sabemos de sobra lo que significa la palabra monje. Procede del griego “monachos” y que sin cambio sustancial pasó a muchas lenguas modernas, y entró en la literatura cristiana del siglo II, a través de las traducciones griegas de la Biblia, y en el siglo IV comenzó a designar, en Egipto, a los primeros monjes. Su sentido original (monos) es uno, “solitario”, “solo”. Por eso era muy apropiada para aquellos monjes que vivían separados y solos en el desierto. La primitiva literatura monástica, como la Vita Antonii, utilizaba siempre este término en este sentido original.

 Como vemos, al preguntar a los monjes, que de verdad fueron monjes, qué entienden ellos por vida monástica, nos van a dar distintas versiones, pero todas ellas van a tener su raíz en la palabra original de monjes: monos, “solo”, “uno”. Y también, como decíamos más arriba, siempre en la perspectiva personal de su vivencia de la vida monástica. Así san Jerónimo, con un concepto muy personal de lo que es ser monje, se fijará principalmente en la raíz “monos”=solo. Jerónimo es un enamorado de la soledad (aunque personalmente no siempre la llegue a resistir) y sus mejores comentarios bíblicos, y sus mejores obras las escribió en la soledad de su cueva de Belén. Y en aquella soledad escribió a muchos siervos de Dios (Heliodoro, Rústico, Paula, Eustoquia) para animarles a vivir en la soledad.

          Para Jerónimo el monje es un solitario. Así a Heliodoro, que parece que andaba intentando dejar el desierto por la vida sacerdotal, le dice en su carta nº 14: Traduce la palabra “monachos”: ese es tu nombre. ¿Qué haces entre la muchedumbre, tú que eres un solitario? (Epist. 14,6,1). Y en otro lugar preguntaba valientemente a Paulino de Nola: Si deseas ser lo que te llaman, monje, es decir, solo, ¿qué haces en las ciudades?[3]. Y también: Quid desideramos urbium frequentiam, quid de sigularitate censemur?[4]. Para Jerónimo la soledad no constituye únicamente el elemento propio en que se desarrolla el monacato; llevar vida solitaria, abandonar definitivamente el mundo, es lo que distingue –lo único que distingue- el monacato más primitivo del ascetismo practicado en el seno de las iglesias cristianas.

          Esta es la primera idea clara de lo que es ser monje. Monje es aquel que se ha separado, que se ha alejado, que se ha distanciado, que ha dejado el ruido de las turbas y de las muchedumbres; y esto, con su alejamiento físico, no sólo espiritual. Porque el alejamiento espiritual de lo que san Juan llama “mundo”, es algo que todo cristiano tiene que realizar. 

Soledad-comunión  

        El monje es, pues, el que vive en la soledad del desierto. Palabra ésta peligrosísima, porque desierto quiere decir vacío, y el Señor no nos llama a nadie al vacío, sino a la plenitud, que de alguna manera es el resultado del desierto del espíritu. Porque el desierto como vacío es insoportable, dónde no me voy a realizar como persona, y si no soy persona, no tendré la base humana necesaria para construir el edificio espiritual. No se trata de una soledad que deshumanice, que despersonalice, que aliene. La soledad espiritual del verdadero desierto del espíritu es, la pleamar de Dios, la marea llena, donde mi humanidad está satisfecha, colmada, realizada y consumada. 

         No cabe duda que hay una soledad-aislamiento que es mala. Va contra la naturaleza del hombre, de los designios de Dios sobre la humanidad. Por desgracia siempre ha habido, y hoy más que nunca, solitarios-aislados; personas que no han sentido el calor del amor del consorte, de un amigo, de una familia; que un consumismo los ha desfondado del todo y devorado interiormente por la tristeza. Que su soledad los lleva al borde del suicidio; que aparentemente están con todos y tienen de todo; pero que por ello se hallan al margen de todo y de todos. El signo de esta soledad es la ausencia de los demás; y lo que es más terrible, de uno mismo. 

         Jesús no invita a esta soledad deshumanizante. Jesús llama únicamente a la soledad-comunión, que supone, en primer lugar, la confianza absoluta y una toma de conciencia de la presencia de Dios en la persona humana (ver Jn 8,16-29; 16,32), de la presencia de la persona en sí misma y en los demás a modo de acompañamiento; pero no tanto a través de los avatares diarios, cuanto en la peregrinación interior del hombre. Jesús asumió en su persona esta soledad que es además prueba (Mt 4,1-11) , oración y silencio (Mc 1,35.45).

          Jesús es el creador de la soledad cristiana. Él vivió su soledad para estar con todos. Y nos la ofrece como medio eficaz de comunión. Precisamente el monasterio se alza en un lugar solitario. Es una escuela de soledad para ahí aprender con Jesús a vivir la soledad-comunión con el Padre, y estar cerca de todos nuestros hermanos los hombres. Pero en primera instancia esta soledad cristiana exige una estrecha cercanía con los hermanos, miembros de una misma comunidad que tienen que proyectar al unísono su ambiente de soledad, característico, vivo y equilibrado. Luego, los vínculos de comunión se dilatan a la humanidad entera. Así el monje llega a ser un hermano universal; no sin sentirse profundamente lacerado por los sufrimientos, divisiones y odios que entretejen la historia[5]. 

Llevado por Dios a la soledad

          Pero ¿quién ha separado al monje de la sociedad para llevarlo al desierto? Solo hay una respuesta: Dios. ¿Quién llevó a Jesús al desierto? (liturgia del 1º domingo de cuaresma). Los tres sinópticos nos dicen que “el Espíritu de Dios”. Lucas dice que lo iba llevando el Espíritu de Dios, que lo conducía el Espíritu de Dios (Lc 4,1). Y Marcos, incluso dice que “el Espíritu le empujó al desierto” (Mc 1,12). ¿Quién nos empujó a nosotros al desierto?  

        El monje es pues el hombre que se aparta del mundo, que huye del mundo (no de los hermanos), y mora en la soledad para consagrarse a Dios, sin otro objetivo que pertenecerle a Él. Dios es el único por el cual merece la pena convertir toda mi existencia dependiente y girando en torno a Dios. Solamente en la soledad podemos cumplir la única ley, la ley del amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas...” Y hemos venido al monasterio para intentar que sea una realidad en nuestra vida esa exclusividad que exige el amor. 

         Por eso la soledad la presentan los padres del desierto, no sólo como una ascesis, algo que hay que lograr con el propio esfuerzo; sino como algo contemplativo, como una plenitud, en definitiva como un don gratuito recibido  del Señor. “El atractivo que el corazón siente hacia la soledad, que es oración y silencio continuo ante el abismo del misterio de Dios, es una insinuación a acogerla como puro regalo en un compromiso generoso. Al fin y al cabo la soledad como regalo de Dios viene a ser el receptáculo más adecuado que contiene la Palabra divina, de alcance inconmensurable; y que suscita por lo mismo en el corazón del solitario la actitud de escucha incondicional”[6]. 

Resumiendo un poco, destacamos como primer elemento constitutivo de la vocación monástica la soledad, no una soledad-vacío, sino una soledad- comunión, que me dispone para recibir la Palabra, y que la recibo como un don del Señor. Ser llamado por el Señor al Desierto, ser empujado por el Espíritu, no quiere decir que tengamos unas cualidades especialísimas para vivir en la soledad; pero sí que la gracia recibida ha debido suscitar en mí lo esencial para poder responder a esta vocación a la soledad. Si no fuera así, se nos haría imposible la vida en el monasterio, y creo que todos lo hemos visto en tantas personas que vienen al monasterio, y se tienen que ir por falta de aptitudes, en definitiva, por falta de vocación. A este propósito dice un monje:

Un débil, un hombre sin Dios, cuando se le obliga a permanecer en la soledad, languidece, se encoge, se achica, es presa de la angustia. Mas un alma que vive de Dios, que se nutre de su infinitud, de su infinita belleza, de su amor infinito, de su verdad eterna, vive realmente, crece y florece en la soledad de forma más espléndida, más rica, más profunda.

          Algunas sentencias de los padres abundando en este tema de la soledad nos pueden ayudar:

El Abad Arsenio, cuando todavía estaba en palacio, oró al Señor diciendo: “Señor, condúceme a la salvación”. Y escuchó una voz que le dijo: “Arsenio, huye de los hombres y te salvarás”. Una vez incorporado a la vida monástica, oró de nuevo con las mismas palabras. Y escuchó a la voz que decía: Arsenio, huye, calla y practica la hesyquia; éstas son las raíces para no pecar[7]. En Escitia, un hermano vino al encuentro del Abad Moisés, para pedirle una palabra. Y el anciano le dijo: “Vete y siéntate en tu celda; y la celda te lo enseñará todo[8].      
 

Purificación del corazón 

         Una de las homilías espirituales del misterioso Macario, dedicada íntegramente a exponer la significación de la vida monástica a partir de la etimología del término “monje”, nos puede ayudar a descubrir otro aspecto interesante. Empieza de este modo: Debemos saber qué es un monje y por qué manera de vivir merece realmente este nombre. Vamos, pues, a hablar de ello conforme a lo que Cristo nos ha enseñando. 

        Se le llama así, en primer lugar, porque está solo, absteniéndose de mujer y habiendo renunciado interior y exteriormente al mundo. Exteriormente, es decir, a las cosas exteriores y mundanas; interiormente, es decir, a las representaciones de tales cosas, hasta el punto de no admitir jamás los pensamientos de los cuidados mundanos.

         En segundo lugar, se le llama monje por cuanto invoca a Dios con oración incesante, a fin de purificar su espíritu de los numerosos e inoportunos pensamientos, y para que su espíritu llegue a ser monje en sí mismo, sólo delante del verdadero Dios, sin acoger jamás los pensamientos que provienen del mal; al contrario, se purifica enteramente como conviene y permanece puro ante Dios[9].      

    Según el Pseudo-Macario, el monje sólo es monje si se dedica constantemente a la oración con el fin de purificar su espíritu, es decir, de conseguir la verdadera soledad interior. Y esto es lo que significa el desierto. Es la soledad que facilita nuestra apertura a la Palabra de Dios, para que nos vaya transformando interiormente y consiga, por la purificación interior, por la soledad interior, la pureza del corazón. Esta es la verdadera soledad, y la verdadera vida monástica.  

       La convicción de que el monje es tanto más monje, cuanto más solitario, es algo que se haya claramente reflejado en las obras de los Padres del desierto. Así por ejemplo en Casiano, quien concede la primacía al eremitismo sobre el cenobitismo, y entre los cenobitas prefiere a los de Egipto, porque su vida, según él, se acerca más a la de los anacoretas[10].

El monje, por tanto, debe vivir en la soledad. Debe ser un peregrino que busca el camino de la “Jerusalén de arriba” a través del desierto de esta vida. No tiene “ciudad permanente” antes busca la futura (Hb 13,14). El mismo cenobita, cuya separación de los demás hombres es menos radical que la del anacoreta, debe ser, en cierto modo, un solitario. El mundo de su monasterio no es el mundo sometido a Satán, sino una participación de la Jerusalén celeste. Su ruptura con el mundo del pecado debe ser tan absoluta, como la de sus antecesores en el yermo. 

         San Benito pide que se conserve, a cualquier precio, el aislamiento del monasterio. El monje ejercitará los instrumentos del arte espiritual dentro del recinto de la clausura (RB 4,78). No saldrá al mundo salvo en casos de necesidad, porque “no conviene a sus almas” (RB 66,7), y estas salidas irán protegidas por la oración que las preceda y acompañe durante el viaje y después (RB 67,1-4). Está severamente prohibido salir fuera sin permiso (RB 67,7), o comunicar a otro cosas vistas fuera del monasterio (RB 67,5-6). 

         Idénticas medidas de rigor se emplean para mantener el mundo alejado del monasterio: aunque vienen huéspedes, existen las debidas precauciones para que sus visitas no perturben la vida regular o la soledad de los monjes (RB 53). Cartas, regalos y otras comunicaciones con el exterior deben pasar por la censura del abad antes de ser recibidas por el monje (RB 54,1-2)[11]. El Abad Antonio dijo:

 “El que permanece en la soledad y la hesyquia se libera de tres géneros de lucha; la del oído, la de la palabra y la de la vista. No le queda más que un solo combate: el del corazón”[12].    

      Según este dicho de san Antonio, la soledad libraba al monje de los combates propios de quienes viven entre los hombres: el oído, la lengua y los ojos. Sin embargo, no se puede decir que fuera para ellos lugar de absoluto reposo. Antes bien, todo lo contrario. Librar el combate del corazón, alcanzar la purificación de la que hablaba Macario, no era cosa fácil. En la soledad, la lucha contra los demonios y contra los malos pensamientos (logismois) adquiría caracteres heroicos. Desde el punto de vista meramente ascético, de ejercicio y de lucha contra las pasiones y sus atizadores los demonios, la soledad no puede imaginarse como un puerto seguro o un lugar de delicias, sino como un campo de batalla donde se reñían los más encarnizados combates. Y esto es lo que nos hace comprender las constantes y repetidas exhortaciones de los maestros, de los ancianos, a no abandonar el desierto, costara lo que costara. Hasta que realmente se encuentra a Dios y se goza de la profunda paz que nadie ni nada puede turbar, vivir en la soledad representaba un esfuerzo casi sobrehumano, que no todos los anacoretas, ni mucho menos, fueron capaces de hacer día tras días, año tras año. La soledad era a la vez un cielo para los que habían superado el combate espiritual y un tremendo purgatorio para los que todavía estaban luchando. Por eso insistirán tanto los Padres del desierto que no basta haber abandonado el mundo, sino que es preciso mantenerse alejado de él con el corazón y con la mente, y ejercitarse en la celda en las disciplinas de la vida monástica para llegar a alcanzar el ideal monástico[13].

        Así afirma Juan Casiano:

No podrán ver a Jesús cuando aparezca en el esplendor de su reino quienes... no pueden decir con el Apóstol: “Aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ya no le conocemos como tal” (2 Cor 5,16). Únicamente es dado contemplar su divinidad con ojos purísimos a los que, elevándose por encima de todas las obras y pensamientos bajos y terrenos, se retiran, con él a la soledad de la montaña elevada. Libre del tumulto de los pensamientos y las pasiones de la tierra, alejada de la turbación de los vicios, en las cumbres sublimes de una fe purísima y de las más eminentes virtudes, ella revela la gloria de la faz de Cristo y la visión de su esplendor a quienes son dignos de contemplarlo con la pura mirada del alma[14].

          Empujados por el espíritu fueron al desierto los hombres y mujeres, que quisieron comprometerse plenamente con el Señor, y que sin miedos libraron el combate espiritual para llegar a un corazón libre de ataduras y Dios les penetrara libremente, sin límites, sin obstáculos. Entrada franca y abierta al corazón. Esto es lo que hace la soledad, el desierto en el corazón. Purificar de tal manera el corazón humano que alcanza la virginidad radical del espíritu, que es la definitiva. Hermano: 

  -¿Qué es de tu soledad?-¿Qué haces con tu soledad?-¿Cómo cuidas de tu soledad?-¿De qué depende tu soledad?-¿Qué te arranca de la soledad?-¿Qué distrae tu desierto, tu soledad?-¿Dónde te encuentras más realizado como monje?-¿Qué haces de la soledad comunitaria? 

         Son preguntas que delante del Señor es necesario meditar, rumiar, sin angustias, pero con la verdad de nuestra vida, llamando a las cosas por su nombre. Y poner el dedo en la llaga, allí en donde nos duela, para pedirle al Señor con humildad y con sinceridad, que nos cure nuestras heridas en la soledad, y que vaya sanando nuestra realidad para que podamos llamarnos en verdad  “monjes”, “unos”, “solos”. 

         No puedo por menos de citaros un texto hermosísimo de Nuestro Padre San Bernardo a este respecto. Es del Cantar de los Cantares en el Sermón 40,3,4:

¡Oh alma santa!, permanece solitaria y resérvate exclusivamente para el Señor, a quien has elegido para ti entre todos. Huye de las gentes, huye hasta de tus familiares; aléjate de los amigos e íntimos, hasta del que te sirve. ¿No sabes que tienes un esposo muy pudoroso, que de ninguna manera te regalaría con su presencia delante de otros? Aléjate, pues, pero-con el corazón, no corporalmente (así tenemos que vivir en el monasterio)-con la intención,-con tu devoción, (en el latín de Bernardo es, entregarse a, quedarse a disposición de...)-con tu espíritu.El santo Ungido del Señor, tu aliento (el ruah hebreo), busca la soledad de tu espíritu, no la del cuerpo; aunque a ratos no está mal que te separes también corporalmente, cuando puedas hacerlo con discreción, en especial durante la oración...Por lo demás, sólo te exige la soledad del corazón y del espíritu. Estarás solo:

-si no piensas en torpezas,

-si no te afecta lo presente, (justo lo que más nos dispersa)

-si no desprecias lo que angustia a muchos,

-si te aburre lo que todos desean,

-si evitas toda discusión,

-si no te impresionan las desgracias,

-si no recuerdas las injurias.De lo contrario, no te encontrarás sólo ni en la soledad más absoluta. ¿Ves cómo puedes vivir solo rodeado de muchos y entre muchos solo? Puedes estar solo por frecuente que sea tu trato con hombres. Líbrate únicamente de ocuparte en vidas ajenas como juez temerario, o como espía curioso. Aunque sorprendas a alguien en la mayor atrocidad, no juzgues a tu prójimo, más bien excúsalo. Si no puedes excusar su acción, excusa su intención: piensa que ha sido por ignorancia, por sorpresa o debilidad. Cuando la certeza haga imposible toda excusa amonéstate a ti mismo y haz esta reflexión: “ha sido una tentación muy fuerte. ¿Qué habría hecho yo, si hubiese sido tan violenta conmigo?”. 

Qué bien nos conocía a los monjes san Bernardo. En este texto, vemos como su fina penetración del corazón del hombre, del monje, entremezcla lo profundamente monástico, lo sencillamente religioso, lo exigentemente ascético y lo maravillosamente psicológico. E insiste en la soledad del corazón y del espíritu como elemento fundamental para que el alma santa pueda permanecer y reservarse exclusivamente para el Señor. 

         Con otras palabras es lo mismo que nos dice san Teodoro Estudita:El monje, en Dios sólo pone su cuidado; de Dios sólo anda sediento y a Dios sólo se entrega en propiedad, ya que con alma humilde, sin tregua, y con todas las fuerzas, busca el rostro de su Señor y quiere que toda su vida transcurra ante El y por El. 

         No cabe duda que entregarse con todas las fuerzas, y sin tregua, a la búsqueda del rostro de Dios, es la tarea principal del monje. Sin esta búsqueda apasionada del rostro de Dios, no tiene sentido la soledad, y por tanto, la vida monástica. Es el “si revera Deum quaerit” del capítulo 58 de la Regla de san Benito. Es el fundamento de la huida del mundo, y de toda la disciplina monástica, que podemos considerar como los medios más adecuados para llegar al fin, que es llegar a ver el rostro de Dios, a través de la contemplación. 

Pensamiento monástico de San Agustín  

        Y para terminar, traemos a colación a un pastor que por su talento, su formación, su estilo, su doctrina y las características de su santidad, ocupa un puesto de honor en la historia del monacato cristiano. Es cierto que su nombre no figura entre los teóricos de la vida monástica, pues no escribió obras comparables a las de Casiano o de Basilio. Pero el monacato occidental no hubiera llegado a ser lo que de hecho ha sido sin el vivificante influjo de san Agustín.  

        El pensamiento monástico de san Agustín se halla desparramado por su voluminosa obra; en sus tratados, sus cartas, sus comentarios a los salmos, sus sermones... y de modo especial en su Regla –tan breve como admirable- y los tratados sobre El trabajo de los monjes y La santa virginidad. Es en ese libro único de la literatura universal que son las Confesiones, donde nos ha descrito con mano maestra su primer contacto con el ideal monástico, en medio de sus luchas por abandonar “unas bagatelas de bagatelas y vanidades de vanidades, antiguas amigas” suyas. Unos diez años de búsqueda, de estudio, de meditación de la Palabra de Dios, de experiencia parece que costó a Agustín llegar a la explicitación perfecta de su ideal monástico, que Posidio (su biógrafo) expresa mediante una fórmula tomada de los Hechos de los Apóstoles, ligeramente parafraseada: “Tenían un solo corazón y una sola alma in Deum; nadie decía que le pertenecía nada de lo que poseía, sino que todo les era común. Se distribuía a cada uno según sus necesidades”[15].    

      Este texto tan lacónico como gráfico, y otros del mismo estilo, nos dan la clave para interpretar la interpolación in Deum que hallamos en la frase de los Hechos que Agustín tomó por divisa del monacato que soñara. “Tenían un solo corazón y una sola alma in Deum...”, hemos leído en Posidio cuando describe el monasterio laical de Hipona. Y en el epígrafe general de la Regla: “Lo primero por lo que os habéis reunido en comunidad es para que viváis en concordia en la casa del Señor y tengáis una sola alma y un solo corazón in Deum” (Praeceptum 1). No in Deo “en Dios”, lo que denotaría reposo, pacífica posesión; sino in Deum, que significa movimiento, acción, dinamismo –“hacia Dios”-, y se traduce mejor por un circumloquio: “en vuestro caminar hacia Dios”, “en la búsqueda de Dios”, etc. La expresión es de suma importancia, pues confiere a la frase de Lucas un matiz fascinante, que no tiene en las citas explícitas o implícitas que hacen de ella otros insignes maestros del cenobitismo, como Pacomio o Basilio. Para Agustín, el fin de la vida monástica es, indiscutiblemente, la unión de almas y corazones, pero esta unión tiene un fin ulterior, el fin supremo: Dios. La unión de almas y corazones tiende in Deum; nos pone en camino y nos obliga a avanzar esforzadamente hacia Dios, formando una caravana fraterna y compacta; y al propio tiempo este objetivo supremo estrecha más y más la unión mutua de los seguidores de Cristo en busca de Dios. Somos todos uno en el Uno (Cristo) hacia el Uno (Dios)[16].         

        Cuanto más se estudia a san Agustín, tanto más se destaca esa verdad inconcusa: Agustín como Jesús suspiraba por la unidad. El pensamiento monástico agustiniano tiene como “principio fundamental” la “unidad de caridad” según los famosos textos de los Hechos. Y no sólo se trata del principio, por fundamental que sea, sino también del fin: “Fundamento y fin”. In Deum. “Los hermanos han de procurar unificar sus almas y corazones, siendo precisamente Dios el foco polarizador de esta unidad”. In Deum. “Con ello se logra imprimir una orientación netamente dinámica al ideal religioso del ‘anima una’, o unidad en la caridad”. In Deum. “Dios –en su unidad- viene a ser el fin último por el que deben suspirar los que abrazan la vida común...” A mayor unidad, menor distancia de Dios. San Agustín lógicamente hace girar la vida religiosa en torno a la unidad. “La búsqueda de la unidad en Dios constituye para Agustín el nervio de la vida espiritual y religiosa. Aquella tiene lugar bajo el aspecto individual de unidad interior y bajo el aspecto comunitario de comunión en el amor”[17].

        Dice san Agustín:La multiplicidad debe perecer a favor de la singularidad, tal como sucedió en los santos de los que se habla en los Hechos: “La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón”. Debemos ser singulares y simples, esto es, separados de la multitud y de la turba de cosas que nacen y mueren; debemos ser amantes de la eternidad y de la unidad, si queremos adherirnos al único Dios y Señor nuestro[18].  

        Y llegamos a un texto muy conocido, con el que podía haber iniciado nuestra exposición pero que he querido dejarlo para el final, ya que vamos a entenderlo con toda su profundidad y todo su alcance, una vez que hemos entrado en el pensamiento agustiniano sobre la vida monástica. Reza así:¿Por qué no íbamos a tomar nosotros el nombre de monjes, si el salmista ha dicho: “Ved que dulzura, que delicia habitar los hermanos unidos?” En efecto, el vocablo griego monos significa uno... uno solo, y es justo que se llamen monjes quienes forman un solo hombre y poseen “lo que está escrito: una sola alma y un solo corazón”[19]. 

         Debemos afirmar que este ideal de la vida monástica, no ha sido algo conceptual que Agustín se ha elaborado, sino que ha sido el fruto de su experiencia cenobítica. Y este ideal, es claro que es un punto de llegada, y no tanto un punto de partida. Decíamos más arriba que es el fundamento y el fin del ideal monástico agustiniano. Y ved que ideal tan exigente. Monje es el que es uno, el que es simple y singular, que desde su unificación interior se dedica a fraguar la unidad interna en la comunidad para alcanzar el cor unum et anima una de los Hechos, y todo esto in Deum, en el progreso comunitario de todos los hermanos hacia Dios. Creo que no se puede describir mejor, ni de un modo más exigente el ideal de la vida cenobítica. Y aquí tenemos todo un programa para nuestro trabajo personal y comunitario en el camino de la realización de nuestra vocación como monjes cenobitas.  

        Porque dentro de nosotros el pecado sembró la división. No la discordia, que habla de relación con los demás; sino la división. Y esa división me afecta a mí como persona. Dentro de mí encuentro mil tensiones que me arrastran y que no hacen más que crearme confusión sin saber en tantas ocasiones qué partido tomar. El hombre se siente arrastrado por fuerzas de sentido contrario que le crean una tensión y oscuridad tal, y un conflicto interno consigo mismo que, allá donde ponga las manos la va a armar gorda. Porque su misma división interna le va a llevar a dividir todo lo que toque. 

         Hay personas, y todos hemos conocido alguna, de tal conflictividad psicológica interior, que parece que han nacido con el signo de la división. Recuerdo el caso de un novicio que su ruptura interna, la proyectaba de tal modo hacia fuera, que llegó a crear tales tensiones y tal división en el noviciado, que cuando se marchó nunca agradecimos lo bastante al Señor, por la liberación que ello supuso. Una persona que por donde vaya irá sembrando la división, la discordia, la tensión, el sufrimiento... de tal modo que uno llega a la conclusión de que son personas anormales, y por supuesto, no aptas para la vida monástica. Y cuando una personalidad de estas características se nos “mete” en el monasterio ya podéis suponer la de dificultades y problemas que llegan a crear. Lógicamente una comunidad adulta en el Espíritu debe tener una capacidad de sanación y acogida que pueda tener a este tipo de personas en su seno sin tener que enviarlas al manicomio, pero este es otro tema.

           Entramos en el monasterio llevando la división con nosotros como consecuencia del pecado. Llevamos dentro un afán, un mundo de deseos y de pasiones, y a veces deseos obsesivos que se convierten en una contante que es muy difícil eludir. En ocasiones, este mundo de tensiones, es ridículo, pues lo más insignificante se convierte en lo más trágico. Y creo que de esto todos tenemos experiencia. A veces son deseos dispersantes, más o menos incompatibles con la vida que hemos profesado, y por ello son inconfesables; pero con los que hacemos esfuerzos sobrehumanos para ver si los puedo conciliar, teniendo encendida una vela a Dios y otra al demonio. Y podría citar muchos ejemplos: el monje que va a la ciudad al médico, pero que en realidad sale para otra cosa que no comunicará a su abad.  El permiso conseguido con “restricción mental” para obtener de amistades libros, gastos de viajes, etc... Cosas tontas que si nuestro corazón fuese sencillo y abierto, si fuese “simple”, no tendrían lugar, porque entonces sí que caminaríamos con verdad y sinceridad. Pero nuestra división interna nos hace caminar con doble contabilidad, una para Dios, (que no podemos disimular) y otra para los hombres, siempre intentando proyectar una imagen, que en realidad no es la nuestra.

          Y aquí sí que tenemos un área de intenso trabajo personal. El adentrarnos en ese mundo íntimo, profundo, en el que no puede entrar ni el abad, ni el confesor, ni siquiera el Espíritu, si no le dejo. Y en ese mundo reservadísimo, que nunca ponemos en común, ver todo lo que no está de acuerdo con mi vocación monástica. Todo lo que me hace estar dividido interiormente (aunque lo disimule perfectamente), todo lo que me esclaviza, que me quita la libertad de espíritu, del corazón; en definitiva que me impide ser uno. Estar unificado interiormente. Y tomando conciencia de ello, luchar, hacer propósito firme para iniciar el camino de la conversión, y por tanto, el camino de la veracidad de mi vida monástica. Conocer también, el mundo de los ideales, de las exigencias del Espíritu, y que este mismo espíritu lucha por instalar en nuestro corazón, y llegar a adecuar los ideales a la realidad de mi vida. No es tarea fácil, pues como decíamos, es un punto de llegada; y esa es la tarea del monje durante toda su vida.  

        Resumiendo todo lo que hemos dicho acerca del monje con algunos de los maestros de la vida monástica, destacamos las siguientes notas. Monje es:

-El sólo, el que vive en la soledad

-comunión

-Llevado por Dios a la soledad

-que invoca a Dios con oración incesante para purificar su espíritu, su corazón

-Y una vez unificado, realiza la unidad entre los hermanos (cor unum et anima una) in Deum. 

         Por supuesto, que todavía encontraríamos muchas más notas, siguiendo a otros autores del monacato primitivo, que harían interminable esta conferencia. He deseado fijarme, en estas notas que me parecían más importantes, y que podrían tener una incidencia mayor en nuestra vida de hoy como monjes cenobitas. Pero las descripciones del monje serían innumerables. A guisa de ejemplo, concluyo con esta cita de Filoxeno de Mabboug:Se le llama renunciante, libre, abstinente, asceta, venerable, crucificado para el mundo, paciente, longánime, espiritual, imitador de Cristo, hombre perfecto, hombre de Dios, hijo querido, heredero de los bienes de su Padre, compañero de Jesús, portador de la cruz, muerto al mundo, resucitado para Dios, revestido de Cristo, hombre del Espíritu, ángel de carne, conocedor de los misterios de Cristo, sabio de Dios (Hom. 9; SCh 44,250).



[1] Peifer, J.C.- Espiritualidad monástica. Zamora 1976; págs. 97-97.

[2] Louf, A.- El camino cisterciense. Estella 1992, 2ª edic.; pág. 13.

[3] San Jerónimo.- Epist.,58,5,1.

[4] Id.- Epist., 125,8,1.

[5] Secretariado de Formación Cisterciense.- ¿Mi camino de vida?. Estella 1987, págs., 27-28.

[6] Ibidem., pág. 28.

[7] Las sentencias de los Padres del desierto (recensión de Pelagio y Juan). II,3. Bilbao 1989; pág. 47.

[8] Ibidem II,9; pág. 50.

[9] Pseudo-Macario.-Homilía 56,1.

[10] Casiano.- Instit., 3,2.

[11] Peifer, J.C.- Espiritualidad monástica. Págs. 252-253.

[12] Las sentencias de los Padres del desierto (recensión de Pelagio y de Juan). II, 2; pág. 47.

[13] Colombás, García M.- El monacato primitivo. Vol. II (La espiritualidad). (BAC nº 376). Madrid 1974, págs. 191-192.

[14] Conllat., 10,6.

[15] Posidio.- Vita Augustini, 5.

[16] Colombás, García M.- La tradición benedictina  (ensayo histórico). Vol. I. Zamora 1989; págs. 401-403.

[17] A. Manrique – A. Salas.- Evangelio y comunidad. Raíces bíblicas de la consagración a Dios en san Agustín. Madrid 1978; pág. 41.

[18] Enarr. in Psalm., 4,10.

[19] Enarr. in Psalm., 132,1-2.6.
Comentarios (1)
Comentario
1 Lunes, 26 de Julio de 2010 09:01
Julio y Lourdes
Leyendo lo que es "ser monje" creo que muchos laicos también sienten esta llamada o necesidad aunque se viva de forma distinta,por ejemplo en el matrimonio.
Creo que en todos hay un monje escondido, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Porque ¿quién no desea vivir en unidad interior buncando el rostro de Dios? Incluso el ignorante sin saberlo lo está deseando.
Solo decir que gracias por acogernos con ustedes en la hospedería (que cada vez nos atrae y necesitamos más) y hacernos vivir esta unión con Dios, que en el mundo es tan dificil por todas las distraciones que se encuentran que hacen que no se centre uno en la oración y esté disperso.

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