Hoy se percibe dentro de las Iglesias, e incluso fuera de ellas, una verdadera necesidad de orar. Recordemos, por ejemplo, que el número de los jóvenes que declaran orar personalmente, en las formas más variadas, es muy superior al de los que participan asiduamente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Y que un número considerable de personas que se declaran no creyentes afirman en las encuestas, con gran extrañeza de algunos, recurrir de vez en cuando a la oración. Es bien conocido también que numerosos monjes y monjas están realizando una hermosa tarea eclesial con su acogida a personas de toda edad y condición atraídas a sus monasterios por el silencio, la vida sana y serena que se respira en ellos y, en muchos casos, por la irradiación de su vida de oración.
Y es que orar es para el ser humano, antes que nada: obligación, exigencia o recurso, una verdadera necesidad. Una necesidad que surge de lo más profundo de nosotros mismos, de nuestro corazón. Habitados —tomemos o no conciencia de ello, queramos reconocerlo o no— por un Misterio que es mayor que nosotros mismos, que nos precede y nos atrae como una fuerza de gravedad hacia lo alto, es natural que todas las dimensiones de nuestro ser humano: la razón, la palabra, el deseo, la misma corporalidad, transparenten esa Presencia y tiendan de suyo a servir de cauce para hacerla efectiva.
El ser humano, especialmente en una cultura con tantos medios para la diversión y el consumo como la nuestra, puede utilizar incontables recursos para ocultársela; puede intentar reprimirla con toda clase de violencias; pero no puede erradicarla. Y bastará que un buen día, en contacto con situaciones limite, con personas carismáticas o con testigos de su fe, llegue al fondo de si mismo, para que se le insinúe la voz de esa Presencia y sienta la necesidad de prestarle atención y de ponerse a su escucha.
Naturalmente, no quiero decir que la oración del creyente y del no creyente a la que aluden estas últimas líneas sean idénticas. Pero hay un doble fundamento que justifica el establecimiento de cierta analogía entre ellas: la naturaleza humana, abierta a un más allá de sí misma que no puede dejar de añorar y al que no puede dejar de anhelar; y la realidad que los sujetos religiosos invocamos como Dios, Presencia originante en el fondo de lo real, que «a nadie deja sin noticias de sí mismo», y no deja de insinuarse en el corazón y en la vida de las personas.
Así, la oración es uno de esos hechos testigo de la condición humana que compartimos sujetos religiosos y no religiosos, creyentes y no creyentes, en virtud de nuestra común procedencia en el Misterio que nos envuelve y nuestra común atracción por él como horizonte de nuestra vida. De ahí que la oración pueda constituir, más allá de las diferencias ideológicas, religiosas y confesionales, un terreno común desde el que promover la comprensión, el diálogo y la colaboración de todos para la mejora de la vida humana en el mundo.
J. Martín Velasco, Orar para vivir. Invitación a la práctica de la oración. P P C, Madrid, 2008.