¿Qué celebramos en Navidad?

Nos acercamos a la celebración de NAVIDAD  tan esperada.

Pero una NAVIDAD

no superficial, profana, comercializada y vacía de sentido profundo.

Hay que señalar el sentido preciso de esta fiesta para los cristianos                                                                 y para la humanidad en general:

  • Festejamos el nacimiento de Jesucristo
  • Él es el Hijo de Dios hecho hombre, que ha asumido nuestra condición humana
  • Y esto manifiesta la inmensa misericordia de Dios en su Historia de Amor, que envía a su Hijo, en carne humana, nacido de mujer, María de Nazaret
  • Para compartir nuestra suerte y nuestro destino, para caminar con nosotros por este mundo, para ser la piedra fundamental de nuestra historia, para traernos la salvación y liberación
  • Por otra parte, él realza la dignidad del hombre; la dignidad como creatura de Dios, como imagen y semejanza de Dios. Humanizándose, nos diviniza.
  • Y más aún, en sentido específicamente cristiano, él realza la dignidad del hombre haciéndolo hacerlo hijo de Dios.

PENSAMIENTO DEL PAPA BENEDICTO XVI

El Señor Jesús vino en el pasado, viene en el presente y vendrá en el futuro.

Abraza todas las dimensiones del tiempo, porque ha muerto y resucitado, es“el Viviente” y, compartiendo nuestra precariedad humana, permanece para siempre y nos ofrece la estabilidad misma de Dios. Es “carne” como nosotros y es “roca” como Dios. Quien anhela la libertad, la justicia y la paz puede cobrar ánimo y levantar la cabeza, porque se acerca la liberación en Cristo (cf. Lc 21, 28), como leemos en el Evangelio de hoy. Así pues, podemos afirmar que Jesucristo no sólo atañe a los cristianos, o sólo a los creyentes, sino a todos los hombres, porque él, que es el centro de la fe, es también el fundamento de la esperanza.Y todo ser humano necesita constantemente la esperanza. (BENEDICTO XVI, 29 de noviembre de 2009).

            ¡Qué importante es, por tanto, ser realmente creyentes! Como creyentes, reafirmemos con fuerza, con nuestra vida, el misterio de salvación que trae consigo la celebración de la Navidad de Cristo. En Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestra humanidad. Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La celebración se vacía.

Ante todo nosotros, los cristianos, debemos reafirmar con profunda y sentida convicción la verdad del Nacimiento de Cristo para testimoniar delante de todos la conciencia de un don inaudito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos. De aquí brota el deber de la evangelización, que es precisamente comunicar este “eu-angelion” (evangelio), esta “Buena Nueva”. (BENEDICTO XVI, 19 de diciembre de 2007)

En la carta a los Filipenses san Pablo afirma que Cristo, “a pesar de sucondición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp 2, 6). Actuando como un hombre cualquiera, añade el Apóstol, se rebajó. En la santa Navidad reviviremos la realización de este sublime misterio de gracia y misericordia. Dios se hizo Hijo del hombre para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios.(BENEDICTO XVI, 20 de diciembre de 2006)

La Navidad es el encuentro con un recién nacidoque llora en una cueva  miserable. Contemplándolo en el pesebre, ¿cómo no pensar en tantos niños quetambién hoy, en muchas regiones del mundo, nacen en una gran pobreza? ¿Cómo no pensar en los recién nacidos que no son acogidos, sino rechazados, en los que no logran sobrevivir por falta de cuidados y atenciones? ¿Cómo no pensar también en las familias que quisieran tener la alegría de un hijo y no ven cumplida esta esperanza? Por desgracia, por el impulso de un consumismo hedonista, la Navidad corre el riesgo de perder su significado espiritual para reducirse a una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos.Sin embargo, en realidad, las dificultades, las incertidumbres y la misma crisis económica que en estos meses están viviendo tantas familias, y que afecta a toda la humanidad, pueden ser un estímulo para volver a descubrir el calor de la sencillez, la amistad y la solidaridad,valores típicos de la Navidad. Así, sin las incrustaciones consumistas y materialistas, la Navidad puede convertirse en una ocasión para acoger, como regalo personal, el mensaje de esperanza que brota del misterio del nacimiento de Cristo. Todo esto, sin embargo, no basta para captar en su plenitud el valor de la fiesta a la que nos estamos preparando.

Nosotros sabemos que en ella se celebra el acontecimiento central de la historia: la Encarnación del Verbo divinopara la redención de la humanidad.

(BENEDICTO XVI, 17 de diciembre de 2008)                                                                                                             En Navidad no nos limitamos a conmemorar el nacimiento de un gran personaje; no celebramos simplemente y en abstracto el misterio del nacimiento del hombre o en general el misterio de la vida; tampoco celebramos sólo el inicio de la nueva estación. En Navidad recordamos algo muy concreto e importante para los hombres, algo esencial para la fe cristiana, una verdad que san Juan resume en estas pocas palabras: «El Verbo se hizo carne». (BENEDICTO XVI, 17 de diciembre de 2008)

Entonces surge espontáneamente la pregunta: «¿Cómo es posible algo semejante? ¿Es digno de Dios hacerse niño?».Para intentar abrir el corazón a esta verdad que ilumina toda la existencia humana, es necesario doblegar  la mente y reconocer la limitación de nuestra inteligencia. En la cueva de Belén Dios se nos muestra «niño» humilde para vencer nuestra soberbia.Tal vez nos habríamos rendido más fácilmente frente al poder, frente a la sabiduría; pero él no quiere nuestra rendición; más bien apela a nuestro corazón y a nuestra decisión libre de aceptar su amor. Se ha hecho pequeño para liberarnos de la pretensión humana de grandeza que brota de la soberbia; se ha encarnado libremente para hacernos a nosotros verdaderamente libres, libres para amarlo.  (BENEDICTO XVI, 17 de diciembre de 2008)

A pocos días ya de la fiesta de Navidad, se nos invita a dirigir la mirada al misterio inefable que Maríallevó durante nueve meses en su seno virginal: el misterio de Dios que se hace hombre. Este es el primer eje de la redención.

El segundo es la muerte y resurrección de Jesús, y estos dos ejes inseparables manifiestan un único plan divino:salvar a la humanidad y su historia asumiéndolas hasta el fondo, al hacerse plenamente cargo de todo el mal que las oprime. (BENEDICTO XVI, 21 de diciembre de 2008)

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