SER PROBADOS

 

«Dios nos pone a prueba como también puso a prueba a nuestros antepasados» (Jdt 8, 25) 

     No es el hombre el que hace experiencia de Dios, es Dios el que «experimenta» al hombre, lo busca, lo escruta, lo pone a prueba. La categoría «experiencia de Dios» es una categoría moderna que no existe en la Biblia (Von Balthasar). En la perspectiva bíblica el protagonista no es el hombre, sino Dios. Es él, el Padre, quien toma la iniciativa. Por eso el hombre ha tenido que hacer la experiencia, incluso dolorosa, de perder progresivamente el control de la situación, de no ver claro, de no comprender...: precisamente para decidirse a dejar a Dios la iniciativa, para aprender esa actitud que le resulta tan difícil al hombre, el abandono.

        Es necesario que la criatura se abandone al Creador. El sabe hacerlo porque desea ardientemente encontrar a su criatura, mucho más de cuanto ella misma desee encontrarlo a él. Si se puede, por tanto, hablar de una experiencia de Dios, esta no se da como resultado de tentativas humanas, sino de la acción divina. Misteriosa y muy concretamente es Dios quien busca al hombre. Pero, como para superar una distancia necesariamente infinita, él lo arranca de sus cálculos y de sus costumbres, destruye sus sueños, se revela inesperadamente con propuestas y mensajes que trastornan su vida. En resumen, inevitablemente, lo pone a prueba. «Recordad lo que hizo con Abrahán, cómo puso a prueba a Isaac, y lo que le aconteció a Jacob...» (Jdt 8, 26).

    En cambio, cuando es el hombre el que pone a prueba a Dios pretendiendo confirmación para sus proyectos o garantías previas o demostraciones de su presencia y fidelidad, entonces la Palabra de Dios asume tonos a veces violentos y severos: «No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Masá, en el desierto, cuando me tentaron vuestros antepasados,...» (Sal 95, 8); o bien velados tonos de ironía: «¿Pero quienes sois vosotros —pregunta Judit a los jefes del pueblo que han dudado de la ayuda de Dios y se han atrevido a ponerle condiciones— para poner a prueba a Dios y suplantarlo públicamente? ¡Os habéis atrevido a poner a prueba al Dios todopoderoso, vosotros que no sabéis nada de nada!... No exijáis garantías al Señor nuestro Dios, pues Dios no es como un hombre, al que se puede amenazar y presionar». Al contrario, concluye espléndidamente Judit, «demos gracias al Señor nuestro Dios, que nos pone a prueba como también puso a prueba a nuestros antepasados» (Jdt 8, 12.13.16.25).

¿Por qué «dar gracias»? ¿Qué es la prueba para que debamos estar agradecidos al Señor cuando nos la envía?

 «Pero yo voy a seducirla.., y le hablaré al corazón» (Os 2,16) 

     Dios es Padre y Creador. Nos ama infinitamente porque encuentra en nosotros la imagen del Hijo. Siente celos por nosotros. Nos conoce hasta el fondo, «él, que ha plasmado solo nuestro corazón y conoce todas nuestras obras». Por eso sabe también que este nuestro corazón, aun estando «ofrecido y consagrado», es muchas veces un revoltijo de intereses, preocupaciones, afectos muy diversos y contradictorios. Está también él, el Señor, pero no es sólo él el único y ni siquiera el mayor amor de nuestra vida. Tenemos necesidad de ser purificados para que lo sea, y por esto él, Padre bueno y misericordioso, nos visita con sus pruebas. Es decir, crea para nosotros esas situaciones de desierto, de soledad afectiva, de rechazo por parte de alguno, de fracaso y desilusión,... de las que estamos necesitados para ser liberados de nuestros ídolos. Es precisamente en la prueba donde sale a la luz lo que hay en nuestro corazón, lo que hay de auténtico y de inauténtico. Se revela nuestro verdadero rostro: nuestro apego a nosotros mismos, a nuestra buena reputación, a los resultados de lo que hacemos, a las criaturas y a las cosas.

     En este conocimiento de nosotros mismos más cierto y realista, en el que caen las ilusiones y ya no nos desorientan, también la voz de Dios resuena más clara. Se ha hecho, finalmente, un poco de silencio, el Señor habla y nosotros podemos escucharlo. ¿Qué es la experiencia de Dios en la fe sino escuchar su voz, poniéndose desnudos y sin defensas ante él, que se nos revela? Tenemos experiencia de él cuando reconocemos su Palabra y su inconfundible modo de actuar, y comenzamos a comprender que nos conviene dejarlo libre para actuar como él crea, aunque nos haga daño.

        De igual modo que gustamos de su intimidad cuando, a través de un camino de purificación y desprendimiento, llegamos a liberarnos de otros amores demasiado excluyentes. Es lo que dice Dios mismo de Israel: «Pero yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2, 16). No existe verdadero conocimiento de Dios que no nazca en la soledad de un desierto y no madure en las dificultades de la prueba. Pero todo ello —desierto y prueba— es don del amor de Dios, porque «el Señor reprende a quien ama, como un padre a su hijo predilecto» (Prov 3, 12).

 El «sacrificio del hijo» 

       «Después de esto, Dios quiso poner a prueba a Abrahán... y le dijo: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré» (Gen 22, 1). La experiencia de Abrahán revela de la forma más profunda y dramática qué es la prueba en sentido bíblico y a dónde conduce. Dios no pide solamente cualquier cosa o sacrificios parciales; ni pide simplemente la renuncia a lo pecaminoso o a los afectos equivocados. El puede pedir «el sacrificio del hijo», y, en el caso de Abrahán, de un hijo en el cual su corazón de padre anciano había puesto todo su amor y esperanza: «tu querido Isaac».

         El subrayado, de ninguna forma superfluo, sirve para señalar el significado de una prueba que pide al hombre lo que le es más querido. Abrahán no había amado a nadie como a Isaac; además, ¿no había sido el mismo Dios el que le había prometido, a través de Isaac, que se convertiría en padre de una multitud de pueblos? Abrahán, en este momento, no comprende: ha vivido ya muchas rupturas (con su casa, con su tierra,..), pero esta vez tiene la impresión de encontrarse ante lo contradictorio y lo inexplicable. Su corazón y su mente están ante el misterio.

       Pero es precisamente acogiendo y adorando el misterio de este Dios amoroso como Abrahán se hace padre de los creyentes. A Isaac, que le pregunta dónde está el cordero para el sacrificio, le responde: «Dios proveerá.., hijo mío» (Gen 22, 8), como diciendo: si Dios me pide este sacrificio del corazón, no sólo sabrá darme la fuerza para afrontarlo o tendrá sus buenos motivos para pedírmelo, sino, sobre todo, quiere decir que puedo amar aún más de cuanto estoy amando a Isaac. Yo no siento todavía este amor, me parece imposible. Pero si Dios me ofrece esta prueba quiere decir que Dios puede ser amado aún más que «mi único hijo»... 

    Es la misma historia que se repite para quien desee sinceramente tener experiencia del amor de Dios. Llega un momento en el que el Señor pide el «sacrificio del hijo»: algo o alguien que nos pertenece desde siempre o que haya entrado en nuestra existencia, y es más querido para nosotros que nosotros mismos; afectos sanos e intensos, que llenan nuestro corazón y nos hacen sentir vivos, compromisos apostólicos en los que hemos entregado nuestra vida... Cuando Dios pide el sacrificio de todo esto, sabemos que nos pide amar más de cuanto hayamos amado nunca. En efecto, es imposible renunciar a un afecto sano y profundo si no es por otro amor aún más grande. Para eso, lo repetimos, Dios nos pone a prueba: no tanto para verificar si lo amamos, sino para llevarnos a amar más. En consecuencia, cuanto más intenso era antes aquel amor humano, tanto más profundo será ahora el amor a Dios.   

      La prueba, aceptada con humildad de la mano de Dios, es capaz precisamente de esto: los espacios creados en nosotros por las precedentes experiencias de amor, incluso las más profundas, son ocupados ahora por Dios. Es como si Dios plantase allí su tienda. Es una tierra conquistada por él, purificada por la prueba 'y transformada ahora en zona del encuentro con él. Mente y corazón, «probados al fuego», conocen ahora a Dios de cerca, no de oídas (cfr. Job 42, 5), y es un conocimiento nuevo, más directo y personal, como personal e inmediata fue la petición del sacrificio del hijo. Más aún, cuanto más dura haya sido la prueba, más sensible y auténtica será ahora esta presencia de Dios. Concretamente: renunciando a aquel afecto amamos más a Dios, amando a Dios con todo el corazón podemos amar más a las criaturas. Es el modo de actuar de Dios: nos pide el holocausto de un amor importante, pero nos devuelve después mucho más de cuanto nos ha pedido: nos pide dejar una criatura, pero después nos hace descubrir una forma nueva, más humana y auténtica, de amar.

  “AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS. Psicología del encuentro con Dios”. AMEDEO CENCINI

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