La Eucaristía entre el Jesús histórico (Las comidas de Jesús, la institución de la eucaristía y la lectura pascual de la misma)

       En su reciente exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, el Papa Benedicto XVI intenta ofrecer una catequesis eucarística completa. Como no podía ser menos, hay en ella un apartado (nº 10) dedicado a la Institución de la Eucaristía en la Última Cena, de la que se hace una especie de “lectura canónica”, atendiendo a los precedentes veterotestamentarios, que de algún modo determinan su sentido, e integrando las “variaciones” que ofrecen las diversas narraciones de la Institución en el NT. No se intenta, en cambio, contextualizar la Última Cena en la praxis convivial de Jesús o en las apariciones del Resucitado a los suyos reunidos en torno a la mesa fraterna. Acerca de la relación de estas cenas con la de despedida y con la ulterior celebración eclesial, un manual reciente nos dice que en otro tiempo “a la pregunta sobre el origen de la eucaristía lo más común era responder que es la última cena de Jesús con sus discípulos. Actualmente esta respuesta se amplía a los diversos momentos comensales de Jesús: las comidas del Jesús histórico, la última cena en la víspera de su muerte y las comidas con el Señor resucitado[1]. A todas ellas queremos dirigir la atención en este breve artículo. 

JESÚS ITINERANTE Y EN COMUNIDAD

      El estilo de comensalidad de Jesús está íntimamente vinculado a su género de vida itinerante, “extradoméstica”. Jesús comerá con sus diversos grupos de pertenencia, con quienes se convierten en sus admiradores y seguidores, y con quienes le inviten a sus casas.

     La actividad profético-mesiánica de Jesús sólo nos es conocida a partir de su ruptura familiar para crear un “nuevo tipo” de familia. La constitución de nuevos vínculos sociales comportaba en el judaísmo ciertos “riesgos” precisamente porque obligaba a comer fuera del ámbito conocido. El judío observante estaba muy pendiente de qué, cómo y con quién comía; este hecho, que afecta siempre a la identidad cultural, para el israelita tenía además connotaciones religiosas; de ahí su minuciosa regulación legal.

      El conjunto de la tradición evangélica nos presenta a Jesús inicialmente en relación con el Bautista, profeta escatológico y asceta que reúne en torno a sí un grupo de discípulos. A ese grupo perteneció Jesús durante algún tiempo, pues más tarde alguien se le designará al Bautista como “aquel que estaba contigo” (Jn 3,26). Pasada esta primera época, Jesús formará su propio grupo, también sedentario y bautista, en Judea y en las cercanías de Juan: “vinieron Jesús y sus discípulos a la tierra de Judea y andaba allí con ellos bautizando” (Jn 3,22).

     Como se indica inmediatamente, estamos en una época anterior a aquella sobre la que nos informan los sinópticos; el “todavía Juan no había sido metido en prisión” (Jn 3,25) se contrapone explícita y quizá intencionadamente a “cuando Juan fue entregado” (Mc 1,14)[2]. Sin que podamos conocer la duración del período “bautista” de Jesús, sólo atestiguado por el cuarto evangelio[3], parece que, a partir de un determinado  momento, seguramente relacionado con el prendimiento del Bautista, Jesús inicia una nueva época que se va caracterizar por la itinerancia; recorrerá sobre todo las ciudades cercanas al lago de Galilea, aunque también irá de vez en cuando a  Judea y Jerusalén, sobre todo con motivo de las grandes fiestas[4]. Esta nueva condición de vida comportará entrar en contacto con muchas personas, más allá del pequeño grupo de seguidores. Así se explica la pluralidad de relaciones que va a caracterizar su existencia. Le encontraremos de camino con un grupito de discípulos, que no se reduce a los Doce (cf. Hch 1,21-23), quizás algunos de ellos acompañados de sus esposas[5]; con unas pocas mujeres que parecen ser autónomas, seguramente viudas (Mc 15,40s; Lc 8,2s), y también asediado por multitudes entusiastas (Mc 3,20; 6,31ss).

     En su caminar le veremos entrar en contacto con los escrupulosos fariseos, quizá el grupo con que más se relacionó, pero también con los inobservantes y despreciados publicanos, y con personas indeterminadas. Todo ello dará lugar a una variada comunidad de mesa, que es variada comunidad de comunión y preludia ya la futura mesa eucarística. 

JESÚS COME CON SUS SEGUIDORES

     Se come con quienes se convive. Jesús, una vez abandonado el hogar familiar y formado su propio grupo itinerante, tiene en éste su nueva familia, con la que compartirá mesa y vida. Y el grupo es variado; probablemente en el círculo de los Doce ya hay diversas tendencias; de hecho se destaca la condición de Simón como “celoso” (Lc 6,15), precedente del celotismo que aparecerá tres décadas después. Pero al grupo se incorporó muy pronto el publicano Leví, que, a pesar del intercambio realizado por el primer evangelio, no parece que sea identificable con Mateo el del grupo de los Doce[6].

      La ya mencionada presencia de mujeres (cf. Mc 15,41s y Lc 8,2s) hace que el grupo supere su uniformidad y los prejuicios en cuanto a posible impureza menstrual.

      Las comidas se realizarán unas veces en descampado, otras probablemente en casa de Pedro, en Cafarnaún (cf.Mc 2,1) –es la opinión más corriente-, o en la de algún otro adepto; está claro que en esa casa, y en general en torno a Jesús, se está creando una nueva forma de comunión, cuyo vínculo no es la carne y sangre, sino la nueva forma de religiosidad incluyente que está surgiendo en Israel.

     De estas comidas más bien restringidas no tenemos narraciones en la tradición evangélica, sino sólo alusiones; en Mc 3,20 y 6,31 encontramos una especie de lamento de que la gente no deja a Jesús y sus seguidores la deseable intimidad para comer. Aunque el texto pudiera parecer un tópico con el que el evangelista enfatizaría el éxito multitudinario de Jesús, el análisis más rigurosos encuentra en Mc 3,20 una serie de semitismos que invitan a considerarlo tradicional[7]. Por tanto, ya la tradición premarquina entiende que Jesús desea comer en intimidad con sus seguidores. Esa intimidad o cultivo de la peculiaridad del grupo, manifestada en torno a la mesa, puede percibirse igualmente tras la acusación de que los discípulos de Jesús no ayunan mientras que sí lo hacen los demás judíos piadosos (Mc 2,18ss).

     En otras ocasiones encontraremos a Jesús comiendo en descampado, con sus seguidores y otra multitud que se les ha unido. Este es el marco del milagro de la multiplicación, cuya historicidad ha sido muy discutida, pero que autores de nota consideran probable. El relato adquirió ya dos formas diferentes en la tradición premarquina, que desembocaron respectivamente en Mc 6,35-44 y 8,1-10. La tradición joanea (y prejoanea) adquirió a su vez una forma que no se identifica con ninguna de las que encontramos en Marcos. Por lo demás, el acontecimiento está plenamente en consonancia con el mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios, ya en el AT se describía a veces como un gran banquete. “Los criterios de testimonio múltiple y de coherencia hacen probable que, entre las varias celebraciones prandiales presididas por Jesús durante su ministerio, hubiese una particularmente memorable en razón del número de participantes y también por haber acontecido, a diferencia de otras muchas comidas de carácter especial, no en una ciudad o pueblo sino a la orilla del mar de Galilea (...). Conectada desde el principio con el mensaje escatológico de Jesús, esa comida especial de pan y pescado celebrada por una gran multitud habría sido objeto de recuerdo en la iglesia pospascual, que la habría interpretado a la luz de la tradición de la última cena y de su propia celebración de la eucaristía”[8].

     Esta conexión con la última cena y con la eucaristía eclesial la encontramos sobre todo en Mc 6,41 y 8,6, donde se repiten literalmente las acciones de la Institución (tomó los panes, pronunció la bendición/acción de gracias, partió, dio) tal como se narra en Mc 14,22s.

      Es evidente que en una multitud tan considerable hay personas de todas las clases sociales y religiosas; incluso es presumible que predominen los marginados y religiosamente desclasados, que, según una tradición muy antigua conservada en Jn 7,48-49 (“unos malditos que no entienden nada de la ley”) y en Mt 11,19; Lc 7,34 (“amigo de publicanos y pecadores”)[9], forman el grupo más numerosos de su séquito. Esa unión de tantas personas y de tan diversa extracción socioreligiosa comiendo familiarmente en torno al enviado de Dios anticipa y significa a la perfección el Reino que él anuncia; es ya una experiencia salvífica.  

CON PUBLICANOS Y PECADORES

       Un dato profundamente grabado en la tradición evangélica, seguramente por llamativo, es la comida de Jesús con pecadores públicos; esta tradición está afirmada en tres fuentes diferentes: el ya mencionado refrán de Q “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19; Lc 7,34), la anécdota de Mc 2,15-16 par, y la información lucana sobre el hospedaje de Jesús en casa de Zaqueo (Lc 19,1-10). El pensamiento se extendió redaccionalmente a otros lugares, v. gr., Lc 15,1-2 lo utiliza como introducción a las parábolas de la misericordia.

      El texto de Mc 2,15s se merece una consideración especial. Su actual yuxtaposición con la vocación de Leví induce al lector poco avisado a considerar que el banquete tiene lugar en casa de Leví; Lucas percibió que esto no estaba del todo claro y él lo llevó a la claridad total: “organizó Leví una gran recepción en su casa” (Lc 5,29). Pero la expresión de Mc 2,15 es mucho más vaga: “y sucedió que estando él a la mesa en su casa, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos”; aquí no se especifica quién está a la mesa en casa de quién. Pero algo sabemos por la expresión inicial “sucedió que”, que se utiliza para introducir una anécdota autónoma; ello significa que, en el caso presente, la comida originariamente nada tenía que ver con la vocación de Leví. Por ello deberá aceptarse que, como en otras anécdotas evangélicas cuyo sujeto no se especifica, éste es Jesús, de modo que “estando Jesús a la mesa en su propia casa, muchos publicanos y pecadores estaban con él a la mesa”. La anécdota se han unido artificialmente a la vocación de Leví mediante la palabra-corchete publicano/s. Ahora bien, en el nuevo contexto marquino, al no distinguirse si estaban “con Leví” o “con Jesús”, el redactor ha tenido que especificar que los publicanos y pecadores estaban “con Jesús y sus discípulos”.

      Siendo así, todo indica que Jesús organiza en su casa (o la de Pedro o algún otro discípulo) un banquete, al que asisten muchos publicanos; no sabemos si han sido invitados o se han autoinvitado, pero poco importa: la anécdota nos habla de su familiaridad con Jesús, que se traduce en compartir su misma mesa, con el consiguiente escándalo de los escribas fariseos. La justificación ofrecida por Jesús es por sí misma una interpretación de sus comidas: él es el médico de una sociedad rota, de un pueblo elegido que ha perdido la comunión interna y necesita ser restaurado.

      En la historia de Zaqueo las cosas funcionan al revés; es Jesús quien se invita a casa de un publicano; el hecho da lugar igualmente a una murmuración. No se menciona explícitamente la comida, pero queda como componente necesario del dar hospedaje y como trasfondo del “ponerse en pie”. Para acentuar lo insólito del hecho, Lucas pone como sujeto de esa incomprensión a todos. Y el fruto de la comunión de mesa es explicado tanto por Zaqueo como por Jesús. Zaqueo se siente moralmente restablecido, y así lo da a entender con sus “propósitos”; y Jesús le declara miembro de pleno derecho del pueblo de la alianza.

      Como nota final a este apartado, mencionemos la comida de Jesús en casa de Simón el leproso (Mc 14,3); un leproso en Israel equivalía a un maldito de Dios. Pero probablemente aquí no se trata de un leproso actual, sino de quien lo había sido.

      El logion de Jesús sobre los extranjeros sentados a la mesa en el Reino de Dios con los patriarcas (Mt 8,11 / Lc 12,29) nos habla de su concepción del Reino como un banquete plural, “mixto”. Ese carácter convivial del Reino aparece igualmente en la promesa hecha a quienes le han acompañado en sus pruebas: “comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino”(Lc 22,30)[10]. La mesa compartida es el símbolo inconfundible del Reino de Dios; la mesa eucarística eclesial, especialmente aquella en que participen judíos y gentiles, será  también pregustación privilegiada de ese Reino que viene. 

  ¿COMIÓ JESÚS CON FARISEOS?

      Hasta tres veces encontramos a Jesús en el evangelio de Lucas aceptando la invitación de fariseos a comer en sus casas (7,36; 11,37; 14,1). Se suele reparar poco en este hecho, por más que, si tiene consistencia histórica, es también aleccionador: Jesús no parece haber rehusado la compañía de nadie, tampoco la de aquellos que habitualmente son caracterizados como sus enemigos. En este punto hay que tener una especial cautela; hoy parece probado que los fariseos fueron un grupo muy cercano a Jesús, y hasta se ha contado con la posibilidad de que Jesús fuese un fariseo[11]; de hecho los fariseos no figuran en la pasión de Jesús. El perfil del fariseísmo fue empeorando a lo largo de la composición del NT, debido a la enemistad creciente entre la iglesia y un judaísmo totalmente dominado por la facción farisea, ya claramente anticristiana.

      Por lo que a las comidas con fariseos se refiere, probablemente la triple mención de éstos como anfitriones de Jesús es parte del marco redaccional creado artificialmente por Lucas, escritor helenista a quien agrada el banquete como escenario para impartir una enseñanza. De hecho los “ayes” contra escribas y fariseos (Lc 11,39-52) se nos transmiten en Mt 23 al margen de toda comida, y la curación del hidrópico en Lc 14,2-6 es de hecho independiente del banquete en que se la encuadra. No menos dificultades tiene la presencia del fariseo Simón como anfitrión en Lc 7,36; la escena que se va a narrar es, con grandísima probabilidad, la misma que encontramos en Mc 14,3ss, Mt 26,6ss e incluso Jn 12,1-8 [12]. En esta ajetreada tradición, en que Jn ha sustituido la casa de Simón por la de Lázaro y sus hermanas (¿bajo influjo del suceso narrado en Lc 10,38-42?), al parecer Lucas o su fuente ha transformado a Simón de leproso en fariseo.

       Pero esto no es todo, pues, al crear un marco prandial, Lucas no estaba obligado a establecerlo en casa de fariseos. El análisis lingüístico de Lc 7,36 muestra numerosos elementos no lucanos[13], indicio de que depende de una fuente. Por lo que respecta a Lc 11,37, aunque de estilo más lucano, parece estar inspirado en Mc 7,2, donde los fariseos se extrañan de que los discípulos de Jesús coman sin lavarse las manos. Teniendo en cuenta estos datos, bien podemos suponer que existía una tradición, genérica y vaga pero firme, sobre comidas de Jesús con fariseos, si bien, quizá por prestarse menos para ilustrar la misericordia, no se han conservado narraciones detalladas. En relación con tales comidas, el texto de Mc 7,1ss tiene mucho interés. En él Jesús, el personaje principal, no es nombrado explícitamente, lo que nos lleva al marco libre de la catequesis oral; y la presencia de los fariseos en el momento en que va a comenzar la comida “no es mencionada de forma estilizada, sino muy concreta”[14]; hay tradición.

      Todo sugiere que se dieron, o al menos se intentaron, comidas de Jesús y sus discípulos con fariseos, aunque no es probable que tales comidas hayan sido frecuente, pues muchos fariseos, sabedores de que Jesús comía con pecadores públicos, habrán evitado comer con él.

    Como en el caso de las comidas con pecadores, también las tenidas con fariseos son una ilustración de la predicación de Jesús. A este respecto conviene recordar un detalle no sin importancia de la parábola del hijo pródigo; allí el padre no sólo organiza un festín para celebrar la vuelta del hijo menor, sino que tiene que invitar al hijo mayor (Lc 15,28) a que se sume a la celebración. 

UNA CENA “ÚLTIMA”

      Cuando designamos así la cena de despedida de Jesús, aun sin explicitarlo, estamos diciendo que no fue su “única” cena, sino otras la precedieron. Esta cena memorable ha sido muy trabajada teológicamente en el NT y nos ha llegado muy estilizada y las incertidumbres en torno a ella son muchas: ¿la celebró Jesús sólo con los Doce o también con otras personas? ¿en qué fecha tuvo lugar? ¿fue realmente cena pascual? ¿qué novedades se dieron en ella en comparación con  otras precedentes?

    Ante todo, es probable que, además de los Doce, participasen otros seguidores y seguidoras: el grupo más cercano a Jesús que había subido a Jerusalén con motivo de la pascua, y que nunca se limitó a los Doce. Quienes admiten que el Discípulo Amado no era uno de los Doce –teoría cada vez más extendida- automáticamente tienen que ampliar el número de comensales; y no es de suponer que los miembros del grupo de los Doce que llevasen a su mujer con ellos la hayan excluido de la cena. En todo caso, no debe contarse con un grupo multitudinario, pues, además de que no habría lugar en que cupiese, hacía tiempo que Jesús había sido abandonado por muchos de sus seguidores[15].

    El que la cena haya sido pascual en sentido estricto o no, depende de la fecha de su celebración[16]. El cuarto evangelio, más fiable en este punto, deja claro que Jesús fue ajusticiado no en el día de pascua, sino un día antes (Jn 19,14), y que quienes le entregaron a Pilatos no entraron al pretorio “para no contaminarse y poder comer la pascua” (Jn 18,28); es decir, la cena pascual no había tenido lugar aún. La anécdota sinóptica de que, cuando llevan a Jesús a crucificar, Simón Cireneo viene del campo (Mc 15,21 par) nos confirma en que todavía no ha comenzado la gran fiesta. Ello nos lleva a la conclusión de que Jesús no tuvo su cena de despedida en la fecha apropiada para que fuese cena pascual. Se ha argumentado que pudo seguir otro calendario (había discusiones intrajudías al respecto), pero Jesús, cercano al grupo fariseo, es normal que siguiese el calendario oficial.

      Sin embargo, la cena acontece cerca de la pascua y Jesús pudo darle ciertos rasgos pascuales; pero, en todo caso, no son éstos los que más la caracterizan. En las narraciones sinópticas la pascua figura sólo como marco de la cena, no dentro de ella; no se menciona el cordero ni las verduras amargas, y el pan y el vino son interpretados no en referencia al pasado (liberación de Egipto), sino al futuro: la cercana autoentrega de Jesús  y el Reino de Dios que vendrá.

      La comunidad cristiana tuvo buen fundamento para hacer de la Última Cena una celebración pascual[17], ya por la solemnidad que Jesús debió de darle, ya por haberse celebrado en fecha cercana a la pascua judía, ya por la relación indisoluble entre la autoentrega de Jesús y la venida del Reino de Dios. Así la eucaristía primitiva de los cristianos va a ser la fusión de dos cenas solemnes: la que desde siglos venía celebrando Israel y la de despedida de Jesús, ésta a su vez enriquecida con elementos previos y posteriores.

     Hemos visto ya los elementos previos: un Jesús que come con sus discípulos y con personas de toda proveniencia, visibilizando así su comunión de vida con todos, preludiando la llegada del Reino como tiempo del perdón y de la reunificación del pueblo, y presentándose a sí mismo como el sirviente de todos; el joaneo lavatorio de los pies durante la cena es el culmen de esa servicialidad. La centralidad de Jesús convocador de la comunidad de salvación se acentúa enormemente en esta cena, en la que, con su partir el pan y verter el vino, anticipa que su cuerpo va a ser roto y su sangre derramada por esa revivificación del pueblo. Así la última cena aparece como la meta a la que tendían las anteriores y, a su vez, proyecta sobre ellas una nueva luz, con la que todas quedan “eucaristizadas”. 

“HEMOS COMIDO Y BEBIDO CON ÉL DESPUÉS DE SU RESURRECCIÓN DE ENTRE LOS MUERTOS” ( Hch 10,41)

    Nuestra información sobre este hecho, que el discurso de Pedro ante Cornelio resume en un versículo, la encontramos repetida, pormenorizada, dispersa y variada en las narraciones pascuales de Lucas y Juan. En el final secundario de Marcos[18] aparece el dato escueto, probablemente tomado de Lucas: “finalmente, estando los Once a la mesa se les apareció y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16,14, seguramente resumen de Lc 24,11.36-43).

    El cuarto evangelio, en términos anacrónicos que reflejan ya la ruptura entre iglesia y sinagoga, presenta al Resucitado apareciéndose a los suyos en dos reuniones dominicales consecutivas (Jn 20,19-29). Estos encuentros de los discípulos en domingo sugieren inconfundiblemente, aun sin mencionarla, la cena común celebrada por la iglesia. El evangelista recuerda que en dicho encuentro Jesús se da a conocer, comunica su Espíritu y envía a predicar; todo indica que ya se celebra la eucaristía dominical, que es banquete fraterno e íntimo, en cierta continuidad con los que se celebraban con el Jesús terreno, y en el que se experimenta de forma privilegiada la presencia y actuación de Cristo glorioso.

    En Jn 21, trabajadísimo suplemento al evangelio ya completo, el Resucitado no se aparece en medio de una comida fraterna, sino que es él mismo quien la prepara y ofrece a los discípulos cansados de faenar. Se recuerda e ilumina al antiguo Jesús anfitrión (cf. lo dicho sobre Mc 2,15) y al que en un descampado dio de comer panes y peces (Jn 21,13; cf  6,11).

    Pero quien más acentúa la presencia del Resucitado en la cena comunitaria en su memoria es el tercer evangelista, que recuerda cómo los creyentes eran asiduos a la fracción del pan (Hch 2,42) y “partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (2,46). Es la comida gozosa de los tiempos mesiánicos que con la resurrección de Jesús se han inaugurado.

    Estas afirmaciones de su segundo volumen no deben leerse en independencia de las narraciones de aparición transmitidas en el evangelio; la más rica de éstas es la del encuentro del Resucitado con los de Emaús (Lc 24,13-35), que fusiona magistralmente aparición pascual y banquete comunitario en un mismo relato. El pasaje no se ajusta al género aparición, mientras que transmite perfectamente el desarrollo de una celebración eucarística: reunión de los creyentes, lectura y explicación de las Escrituras, fracción del pan, reconocimiento de Jesús, necesidad de salir a anunciarlo. El relato queda completado por otra aparición del Resucitado a los Once y otros (Lc 24,36-43), a quienes, como en Jn 21,5, pregunta si tienen algo que comer (Lc 24,41-43), y ante los cuales él mismo como. Ambos evangelistas nos dejan el testimonio de que la iglesia percibió muy pronto que Jesús desea que los suyos se reúnan en torno a la mesa y que en dichos encuentros él se les hace presente de forma privilegiada.

     Esta indescriptible presencia del Resucitado en cenas comunitarias proyecta todavía nueva luz y cualifica más profundamente la recordada cena de despedida. El que allí se entregaba por todos ahora se entrega a todos en una comunión más profunda, y su condición de Señor hace del encuentro una experiencia de presencia del Reino ya realizado en él; surge una indisoluble vinculación entre cena y mundo nuevo. 

CONCLUSIÓN

      La celebración eucarística de la iglesia hunde sus raíces de forma especial en la cena de despedida de Jesús, cena en sí misma densa en contenido simbólico, pues en ella se realizan la comunión de Jesús con los suyos, su autoentrega por ellos, la anticipación del Reino, la actitud de servicio que lo caracteriza, y algunas conexiones con la tradición pascual de Israel.

     Pero la cena no fue un acto aislado, sino concatenado a una praxis previa de comensalidad que ya visualizaba acogida, servicio, perdón integrador, profecía viva del Reino esperado. Y las apariciones del Resucitado a los discípulos sentados a la mesa le aportaron todavía el sello inconfundible y definitivo de ser la “Cena del Señor”, en que la presencia viva del Crucificado-Resucitado situaba a sus hermanos creyentes en un espacio indescriptible, en un auténtico gozne entre el mundo actual y el Reino anhelado.                                                                                                                                           Severiano Blanco Pacheco cmf



[1] DIONISIO BOROBIO, Eucaristía. BAC  2000; p.9.

[2] Sobre la probable relación –no propiamente dependencia- entre Jn y los Sinópticos, cf. R.KIEFFER, Jean et Marc; convergences dans la structure et les détails, en A.DENAUS, (Ed.), John and the synoptics. Leuven 1992, pp.109-125.

[3]Sobre la fiabilidad de esta información complementaria de Jn, cf. C.H.DODD, La tradición histórica en el cuarto evangelio. Ed. Cristiandad. Madrid 1978; p.289s.

[4] También  en este punto el cuarto evangelio ofrece una serie de datos atendibles que los sinópticos parecen desconocer; aunque cf. Mc 3,8 y Lc 4,44.

[5] Nótese que Mc 10,29 y Mt 19,29 no suponen que el seguidor de Jesús abandone a su esposa; y la iglesia primitiva conoce varios matrimonios misioneros itinerantes (cf. Rm 16,3-7; 1Cor 9,5).

[6] Cf. J.P.MEIER, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico III. Ed. Verbo Divino. Estella 2003; p. 218.

[7] Cf. R.PESCH, Das Markusevangelium I. HThKNT, 19844; p. 211.

[8] J.P.MEIER, Un judío marginal II/2. Los Milagros. Ed. Verbo Divino. Estella 20022; p. 1108.

[9] Aunque no está plenamente claro, también los “muchos que le seguían” de Mc 2,15 parece que eran publicanos y pecadores; cf. P. LAMARCHE, Évangile de Marc. Paris 1996; p. 104 (“la narración tiene como cicatrices”).

[10] Este dicho es de muy dudosa autenticidad jesuana, pues ya no habla del “Reino de Dios” sino del de Jesús; pero es testimonio excelente de cómo la comunidad entiende el Reino a imagen de una cena con el Señor.

[11]Cf.J.P.MEIER, Un judío marginal III. Ed.Verbo Divino. Estella 2003; p. 355. D.FLUSSER, Jesús en sus palabras y en su tiempo. Ed. Cristiandad. Madrid 1975; p. 68.

[12] Cf. argumentación en F.BOVON, El evangelio según San Lucas I. Ed. Sígueme; Salamanca 20052; p. 548s.  Más inverosímil resulta la existencia de dos tradiciones que en su evolución fueron influyéndose mutuamente y prestándose elementos (cf.H.SCHÜRMANN, Lukasevangelium I. HThKNT. 1969, p.441).

[13] Cf. F.BOVON, o.c., p. 550s.
[14] R.PESCH, o.c., p.370.

[15] En general se admite una cesura en el ministerio de Jesús, que separa la “primavera galileana”,

tiempo de éxito entre las masas, de la época de las defecciones también masivas (cf. Jn 6,15.66; Mc 6,45s). 

[16] Ver discusión en X.LEON-DUFOUR, La Fracción del Pan. Culto y existencia en el Nuevo Testamento. Ed. Cristiandad. Madrid 1983, pp. 376-378.

[17] Cf. F.FERNÁNDEZ RAMOS, Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ed. San Esteban-Edibesa. Salamanca – Madrid 2007; p. 53.

[18] Sobre el carácter secundario de Mc 16,9-20 véase la amplia nota de la Biblia de Jerusalén a ese pasaje.

Agregue su comentario

Tu Nombre:
Asunto:
Comentario:
  Imagen, conteniendo la palabra secreta
Palabra Secreta:

Monasterio Escalonias

Valores del Silencio

Cistercienses Primera Parte