Oraciones para un Viernes Santo: Thomas Merton

 
  
¡O

h gran Dios, Padre de todas las cosas, cuya luz infinita es oscuridad para mí, cuya inmensidad es para mí como vacío. Tú me has llamado por Tu propia iniciativa porque Tú me amas en Ti mismo, y yo soy la transitoria expresión de Tu inagotable y eterna realidad. No te conocería, estaría perdido en esta oscuridad, caería desde Ti hacia el vacío, si no me retuvieras en Ti mismo en el corazón de Tu único Hijo engendrado.   

       Padre, Te amo aunque no te conozco, Te abrazo aunque no te veo, y me abandono a Ti a quien he ofendido, porque Tú me amas en tu único Hijo engendrado. Lo ves en mí, lo abrazas en mí, porque Él  ha querido identificarse completamente conmigo mediante el amor que lo condujo a la muerte, por mí, en la Cruz.   

V

engo a Ti como Jacob en los ropajes de Esaú, o sea, en el mérito y en la preciosa sangre de Jesucristo. Y Tú, Padre, que has querido ser como un ciego en la oscuridad de este gran misterio que es la revelación de Tu amor, pon Tus manos sobre mi cabeza, y bendíceme como a tu único Hijo. Has querido verme sólo en Él, pero al querer eso has querido verme como soy en realidad. Pues el ser pecador no es mi ser real, no es el ser que has querido para mí, y apenas si es el ser que yo mismo quise. Y ya no quiero más este falso ser.  

        Pero ahora, Padre, vengo a Ti en el ser mismo de Tu hijo, pues es su Sagrado Corazón el que ha tomado posesión de mí y ha destruido mis pecados y es Él quien me presenta ante Ti. ¿Y dónde? En el santuario de su propio Corazón, que es su palacio y el templo donde los santos Te adoran en el Cielo.  

P

ermite que este sea mi único consuelo: que Tú, mi Señor, seas siempre amado y alabado dondequiera que yo esté.Los árboles te aman sin conocerte. Las azucenas y las flores del maíz, con su sola presencia, proclaman que te aman, sin ser conscientes de Tu presencia. Las nubes oscuras y bellas se mueven lentamente a través del cielo meditando en Ti como niños que mientras juegan no saben en qué sueñan.    

 En medio de todas estas cosas, yo Te conozco, y sé que estás presente en todo. En ellas y en mi conozco el amor que ellas no conocen y, lo que resulta más conmovedor, me avergüenza la presencia de Tu amor en mí. ¡Oh generoso y terrible amor que Tú me has dado, y que nunca existiría en mi corazón si Tú no me amaras! Pues en medio de esos seres que nunca Te han ofendido, soy amado por Ti, y por encima de todas las cosas parecería como alguien que Te ha ofendido. Soy visto por Ti bajo los cielos, y mis ofensas han sido perdonadas por Ti; pero yo no las he olvidado.  

E

n la soledad descubrí al fin que Tú has deseado el amor de mi corazón, ¡oh Dios mío!, el amor de mi corazón tal cual es: el amor del corazón de un hombre.

           Encontré y he conocido, gracias a Tu gran misericordia, que el amor del corazón de un hombre que está abandonado, quebrado y empobrecido, es más amable para Ti y atrae la mirada de Tu piedad, y que ése es Tu deseo y Tu consuelo, ¡oh Señor mío!, para estar más cerca de quienes Te aman y Te llaman “Padre”. Tal vez no tengas mayor “consuelo” (si así puedo expresarme) que consular a tus afligidos hijos y a quienes vienen a Ti pobres y con las manos vacías, sin otra cosa salvo su humanidad, sus limitaciones y una gran confianza en Tu misericordia.   

P

adre mío: sé que me has llamado para vivir a solas contigo, y para aprender que si no fuera un simple hombre, un sencillo ser humano capaz de todos los errores y todo el mal, también capaz de un frágil y errático afecto por Ti, no sería capaz de ser tu hijo. Deseas el amor del corazón de un hombre porque Tu Divino Hijo también Te ama en el corazón de un hombre, y Él se volvió hombre a fin de que mi corazón y su Corazón puedan amarte en un solo amor, que es amor humano nacido y movido por Tu Santo Espíritu.

           Así, pues, si no te amo con amor de hombre, con simplicidad de hombre y con la humildad de ser yo mismo, nunca gustaré la plena dulzura de tu misericordia paternal, y Tu Hijo, en cuanto a mí respecta y a mi vida, habrá muerto en vano.  

¡S
 eñor, ten piedad!  Ten piedad de mis tinieblas, mi debilidad, mi confusión.Ten piedad de mis infidelidades, de mis cobardías, de mi ir y venir dándole vueltas a las cosas, de mis evasiones, de mis claudicaciones. No pido otra cosa sino esta Tu misericordia, siempre, en todo, piedad. Mi vida aquí, en Gethsemani: un poquitín de soledad y muchas cenizas. Casi todo son cenizas. Lo que más he apreciado son cenizas. Lo que he dejado para el final, es, quizá, un poco más sólido. Señor, ten piedad. Guíame, haz que otra vez quiera ser santo, que sea un hombre de Dios, incluso en medio de esta desesperación y confusión. No estoy pidiendo necesariamente claridad, un camino llano, sino solamente caminar según Tu amor, seguir las sendas de Tu piedad, confiar en Tu misericordia.  

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