la transformación de unos días en un alma sedienta de Dios

Lo recuerdo aún en obras, sin terminar y en medio de un frío mes de diciembre. El calor de los hermanos subsanaba todo, y la estancia allí fue calmada pero conmovedora. El Señor no pide lo que está fuera de nuestras fuerzas, y a Él le gusta edificar; por ello en mi corazón quedó sembrada la semilla de la fortaleza a la hora de organizarse, a la hora de amar.
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Valores del Silencio

Cistercienses Primera Parte