PEREGRINO DEL SILENCIO "BAJO LA LUZ RADIANTE, CAMINAMOS HACIA EL SILENCIO."

Han concluido las festividades pospascuales, que nos han llenado el ánimo del cegador misterio trinitario, de luz eucarística y del fuego ardiente del Corazón de Cristo abierto por la lanza. Y hemos acompañado a esa diligente doncellita, María de Nazaret, repleta ya de la oculta luz del Verbo encarnado, en su visita a Isabel… ¡Qué procesión del Corpus la que se inició aquel día de su marcha “aprisa, a la montaña”!.

Y sobre todo en Andalucía, en el Linares jiennense, algo muy especial ha ocurrido este año: la contemplación de esa vida asombrosa, la del Beato ‘Lolo’, consumida por el dolor pero transida del amor a Dios, que le infundió una alegría inexplicable de otro modo. Algo a meditar intensamente.

Estamos ya, de verdad, en ‘tiempo ordinario’, jalonado por el ‘rosario’ de los amigos de Dios y de Cristo, que van sucediéndose en el calendario litúrgico… ¿No es este desplegar ante nosotros el panel de estas vidas enamoradas, ungidas por el Espíritu, una de las maravillas que nos regala nuestra madre la Iglesia en el Oficio de las Horas?. Aunque no siempre sea obligada la memoria, este contemplar vidas tan diferentes y todas repletas de Dios es una de las costumbres de este peregrinar; lo vive como las hermosas flores que bordean y perfuman el camino. Produce un enriquecimiento creciente el gustar, cuando los tiene el oficio, los escritos de esos santos y santas, y, si no, de los oficios comunes de los diversos ‘coros celestiales’.

Tiempo de luz radiante (aunque se sufra en algunas latitudes el embate de los temporales), de dispersión vacacional, que llena algunos hermosos lugares con el ruido y la aglomeración… Pero también oportunidad para los buscadores del silencio vivo, de los ámbitos recogidos donde se comparte la paz de la liturgia y la oración en sugestivos entornos naturales y recintos de gran sabor artístico.

En nuestro peregrinar por este tiempo vamos a proseguir dos temas ya emprendidos: Por un lado, la senda que nos va marcando la Palabra de Dios en los salmos, y, por otro, la entrada en los ámbitos donde el silencio se nos ha revelado en su mayor densidad y hondura, los lugares monásticos que nos han acogido con su hospitalidad de tan neta raigambre benedictina.

SENDA Y CAMINO POR LA PALABRA.

Ante todo, el rastrear en el lenguaje de los salmos las imágenes sugeridoras de la actitud de caminar. Es una idea que me parece puede hacernos vivir esa condición itinerante, dinámica, de nuestra vida de fe, aunque en el camino nos detengamos en los oasis que el Señor va poniendo en nuestra ruta, como hitos refrescantes.

Tras la referencia a los dos caminos, que vimos en el salmo primero, la siguiente alusión al sentido de caminar la hallamos en el salmo 5: “Señor, guíame con tu justicia, porque tengo enemigos; alláname tu camino” (S 5, 9). No intentaré, ni ahora ni en los demás comentarios, una interpretación de escuela, una exégesis en sentido propio; ni es lo mío ni lo veo como mi papel; me dejo llevar por mis sentimientos y los comparto contigo, amigo acompañante.

Para recorrer el camino del Señor es él mismo quien nos tiene que facilitar la acción; y hay que pedírselo. “Sólo Dios basta”. Nuestras tendencias ‘elementales’, los ‘enemigos’ a que alude el verso, nos llevan con frecuencia a desviarnos del camino. Sólo Él puede allanar la pedregosa senda. Dos frases me han quedado grabadas hace tiempo en relación con esta acción divina. La súplica del profeta Jeremías: “Conviérteme y me convertiré, porque tú, Señor, eres mi Dios”. Y la del gran doctor Agustín de Hipona: “Señor, da lo que mandas y manda lo que quieras”. ¿Quietismo, dejación del esfuerzo ascético? De ninguna manera; sólo radical consciencia de que todo ‘mérito’ humano se halla precedido por la fuerza interior de la gracia. Es el Señor el que “me allana sus caminos”, y esto es lo que he de ‘activar’ en mi oración, súplica humilde de quien se sabe siempre necesitado del impulso que es don gratuito.

POR LOS ÁMBITOS SILENCIADOS

Nos lanzamos al camino en sentido físico. La primera experiencia de hallazgo del silencio vivo se dio en el hospedaje de un privilegiado recinto monacal, años después de haber descubierto el sendero de la Palabra de Dios en los salmos y cánticos del Oficio divino. La memoria se remonta bastante tiempo atrás. Épocas de vida profesional intensa, con frecuentes viajes y variados contactos, así como bulliciosa vivencia docente en el mundo universitario; todo en un populoso entorno urbano caracterizado por su fácil apertura y comunicación, incluso proclive al jolgorio. Un conjunto de rasgos propiciadores del ruido y el vivir un tanto en la superficie de la existencia. Sin embargo, esto es lo que venía avivando en el ánimo el deseo de hallar lugares donde el silencio fuera algo vivo y no tan solo aislamiento misántropo.

La región donde se desenvolvía la vida del futuro peregrino carecía entonces de lugares apropiados para llenar esos deseos. No se hallaba en ella ningún cenobio masculino que tuviera hospedería. Conventos femeninos de clausura, muchos, pero todos cerrados al hospedaje. Casas de Ejercicios, bastantes, pero sin costumbre de acoger a una persona que desea retirarse sin formar parte de una tanda colectiva. Había que partir a latitudes donde tal condición se diera.Para empalmar con nuestro anterior comentario al salmo, digamos que el Señor “allanó su camino”. Y la entrada en ese mundo captó de inmediato el espíritu del buscador de silencio y lo convirtió en peregrino. ¿Qué aspectos integraron aquella primera experiencia? La conjunción de un entorno natural bellísimo y la vida de recogimiento, sencillez y oración, configuraron una vivencia de honda densidad, en la que la Presencia se hizo perceptible, casi palpable.

El peregrino del silencio había dejado atrás el tráfago incesante de la gran urbe, y, más lejos aún, las tierras de la baja Andalucía. Todo lo que constituía la vida ordinaria había quedado lejos, y avanzaba ahora por la autovía de Madrid a Burgos en busca de su destino. Pasados algo más de sesenta kilómetros se adentró por una carretera secundaria que le abrió el extenso horizonte de un valle de dilatada longitud y anchura: Como un inmenso anfiteatro montañoso en él se contemplaban dispersos pequeños pueblos. Fue bordeando el embalse que centraba con su amplia masa líquida de tersas aguas aquel privilegiado entorno. Densos robledales ascendían por las laderas bajas sustituidos a medida que se ascendía por el oscuro verdor de pinos y cipreses. Dejó atrás el pueblo más cercano al final de su ruta; lo separaba ya un breve recorrido bordeado por añosos chopos con inverosímiles troncos retorcidos y follaje que comenzaba a lucir los dorados matices de la próxima otoñada. Junto a la carretera discurría ligera la corriente del río que alimenta el embalse; se escuchaba el rumor de sus aguas. Una alta muralla de la que colgaban tupidas masas de hiedra apareció a su derecha; de ella sobresalían el perfil del campanario y cúpulas graníticas fuertemente destacados por el contraluz del sol. Espectáculo deslumbrante sobre el que se alzaba la mole pétrea de Peñalara, el más famoso pico de aquellas sierras, que seguía luciendo, en pleno agosto, blancas manchas de neveros.

Detuvo el auto junto al abovedado pasadizo de acceso al monasterio. Recorrer su longitud producía el inicio del efecto ambiental que dominaba todo aquel recinto: el silencio. Al final se abría una placita con pequeño pórtico renacentista en un lateral y, frente a él, la alta fachada del edificio monástico abierto por una elegante portada y ventana gótica con vidriera. Dos cipreses de ancho ramaje completan ese entorno. Al franquear la puerta, hallose en un espléndido vestíbulo cubierto por alta bóveda de nervadura estrellada. Al frente, con dintel de ancha decoración de cardina, una puerta daba acceso a la clausura, y al lado derecho se elevaba la bellísima portada del templo monacal en estilo gótico isabelino, en cuyo tímpano lucían la figuras policromadas de una Piedad rodeada del discípulo amado, los santos varones y mujeres dolientes.

Al reclamo de la llamada en la puerta reglar apareció el P. Hospedero, un monje mayor de simpática expresión, que nos hizo pasar por un corredor de original bóveda por el que se accede al principal claustro monástico. El asombro ante la belleza de las profundas naves, jalonadas por arcos de diverso estilo gótico de final de la edad media, desde la sencilla ojiva más antigua al perfil del gótico más elaborado. A través de los ventanales llegaba un murmullo de agua de la fuente levantada en el edículo del jardín.

Discurrir por una de estas naves hasta la puerta de la hospedería generaba una sensación de hondura que absorbía por completo la atención y el ánimo del peregrino, vivencia siempre nueva cada vez que le es dado recorrer este espacio, por muchas veces que lo repita. El regalo inefable de este efecto anímico se sigue dando, a pesar de los muchos años transcurridos desde aquella primera impresión, siempre que se adentra uno en el ámbito claustral. “¿Cómo es posible que un sencillo movimiento de manivela (la de la puerta que abre el claustro) pueda hacernos pasar de la turbación atropellada a la paz más absoluta?”. De este modo se interrogaba un huésped compañero del peregrino al comentar la vivencia del ambiente de plenitud vital donde nos encontrábamos.

Pero tal impresión, aunque intensa y cautivadora del espíritu, mejor aún, de la totalidad de la persona, constituía tan sólo el inicio de aquella experiencia en la que la integridad del ser quedaba inmersa en una realidad antes desconocida, o, si acaso, entrevista muy veladamente; digámoslo con unos términos muy gráficos, aunque puedan sonar exagerados a algún oído poco hecho a estas situaciones, pero que los afortunados que la hayan vivido encontrarán justamente expresivos: Allí se hacía perceptible la patencia de la Presencia. Es aquí donde se vive aquel estado vital que permite saber en qué consiste eso del ’silencio vivo’.

Sin embargo el encuentro con el excepcional entorno paisajístico y la belleza del recinto monacal eran sólo el comienzo de aquella experiencia. No había hechomás que entrar en un ámbito ciertamente privilegiado cuya identidad queremos desvelar ya: El peregrino del silencio acababa de llegar al monasterio de Santa María de El Paular, en pleno corazón del madrileño valle de Lozoya. Y todo lo experimentado era el marco de una estancia empapada por el recogimiento. Ahora, dejado el equipaje en su celda, comenzaba la vivencia en profundidad, la inmersión en la vida de la Comunidad, pues la posibilidad de compartir con los monjes la liturgia de las Horas, la Eucaristía y las comidas llenaban de hitos sagrados la jornada del día, en la que el resto del tiempo se empleaba con gran libertad, ya fuera en la celda o en los fascinantes encuadres del jardín claustral o la extensa huerta que ofrecía sosiego y contemplación de espléndidas perspectivas, y en paseos por los hermosos alrededores del monasterio. Pero esta otra vivencia, como los rasgos de los espacios donde transcurría la vida del huésped y el contacto con otros huéspedes y con los monjes merece capítulo aparte. Porque todo este entramado ambiental y humano formaban un denso conjunto donde cada aspecto se imbricaba con los demás para propiciar la percepción del silencio que iba renovando la interioridad del peregrino, cautivado desde entonces y más en cada ocasión por la plenitud vital que estaba experimentando.

Comentarios (1)
"El Camino de la Vida"
1 Viernes, 25 de Junio de 2010 16:31
Antonio Ortega Serrano, Cronista Oficial de la Villa de Hornachuelos
En el camino de la vida... Aprecia lo que tienes hoy, que puede irse mañana...Cuida el amor que te ofrecen. Si perdonas, serás perdonado. Vive pensando que hoy puede ser el último día de tu vida. Pero vive pensando que la vida se realiza a cada Instante. Las decisiones que tomes hoy, determinarán tu futuro mañana. El Dolor es pasajero, la experiencia no... El Dolor es el mejor maestro en el transcurso de tu vida. ¡No lo olvides!

Agregue su comentario

Tu Nombre:
Asunto:
Comentario:
  Imagen, conteniendo la palabra secreta
Palabra Secreta:

Monasterio Escalonias

Valores del Silencio

Cistercienses Primera Parte