Recuerdo agradecido a Teresa.
En tiempo de radiantes festividades, a las puertas del domingo trinitario, te nos fuiste de golpe, Teresa. ¿Era ese tu estilo? Aunque tuvimos encuentros en el común retiro de Escalonias, no he llegado a conocerte suficientemente. Así que he leído las páginas de tu ‘rincón’ para entrar un poco en tu pensamiento.
¡Cuánta vitalidad, cuantos interrogantes y cuestiones! Comprendo la satisfacción de tus lectores y cómo les han servido tus reflexiones, tan variadas, tan ricas.
Ahora ya tienes la respuesta a todo, ya sabes; te ha sido comunicada la luz que permite llegar al fondo de la realidad, incluso la más misteriosa. Feliz tú que ya te encuentras en la plenitud de tu destino, en el ámbito del silencio vivo.
Gracias por lo que has ido dejando. Como peregrino del silencio me hago eco de tus deseos e inquietudes, que en adelante me acompañarán en mi caminar.
Tiempo de caminar a ras del suelo.
De la sideral inmensidad inabarcable del Misterio Trinitario nos invita la liturgia a poner los pies en el suelo, esta tierra del día a día en la que Jesús quiso quedarse con y para nosotros en ese Misterio de supremo abajamiento, pero a la vez de intensa fuerza, que es la Eucaristía. Porque si en su vida terrena, histórica, el Verbo de Dios “se hizo carne”, como nos dice san Juan, el ‘invento’ que se le ocurrió a para estar siempre entre nosotros de modo físico, palpable, no pudo ser más asombroso. ¡Se ha hecho ‘cosa’! Es increíble. Con razón santo Tomás de Aquino, autor del gran himno eucarístico, el ”Pange lingua”, nos lo indica: “Praestet fides supplementum sénsuum defectuí”: Que la fe supla la incapacidad de los sentidos para percibir esta inmensa realidad. Es que sobrepasa toda posibilidad de comprensión. Aquí llega al colmo la humillación del Verbo. Como no lo echó atrás la amargura de la Pasión para asumirla en su totalidad, tampoco le retrajo la perspectiva de las blasfemias, injurias y satánicas profanaciones de que serían objeto su santísimo Cuerpo y Sangre sacramentados; y no menos la superficialidad, inconsciencia y torpeza de los que nos decimos creyentes.
Pero, frente a este cúmulo de maldad y frivolidad a lo largo de la historia de estos veinte siglos largos, ¿no asombran y fascinan los acentos de encendido amor que los santos de todos los tiempos han tributado a Jesús sacramentado? Desde niños como Tarsicio, los mártires que fortalecieron su fe con este Viático, los doctores que desgranaron sus razonamientos y sutilezas intelectuales, las vírgenes traspasadas de amor en sus claustros y en su atención a los pobres… Ahora, en Andalucía, en Linares, en la octava del Corpus será beatificado ese pasmo de seglar, Lolo, modelo en su entrega al apostolado, primero desdés niño y joven de Acción Católica, y la mayoría de su vida desde el dolor digamos ‘absoluto’ de su postración, al el testigo al que la Eucaristía llenó de fuerza y alegría su existencia, y la transmitió a cuantos le visitaban …; todos éstos, uno sólo de ellos, el pueblo creyente, aún en su limitado alcance, ¿no han dado a Cristo Eucaristía el testimonio de su amor? Por ellos, por nosotros y aún por cuantos le ofenden, Él, Jesús resucitado, con la palabra de perdón en la boca, como en la cruz, se quedó de este modo asombroso, más allá de toda comprensión.
La Iglesia ha desarrollado las celebraciones de su gozosa liturgia, y el arte en sus formas plástica y en la hondura de sus himnos, han desplegado sus mejores creaciones en honor del Santo Sacramento. Tal vez resulte un tanto abrumador el contraste entre la pequeñez frágil y manipulable de una Hostia consagrada y el fasto de las custodias procesionales que pueblan el orbe cristiano. Si nos quedamos sólo en España, la belleza de las que en esta festividad salen a la calle llevando al mismo Señor para la adoración pública, es para extasiarse. Y lo mismo en las sencillas procesiones de muchas localidades y recintos monacales, donde se afanan en el arreglo de las calles. Toda esta realidad social hace ver que, a pesar de la ola de agresivo laicismo que nos invade y se mueve desde la trama siniestra del poder político desquiciado, y pretende suprimir los signos cristianos del ámbito público, hay mucho pueblo sencillo y creyente que se echa a la calle para acompañar y contemplar el paso del Señor sacramentado.
Es fiesta para caminantes, tiempo de andar a ras del suelo, y de adorar la presencia sagrada del Pan del cielo en que Jesucristo quiso quedarse entre nosotros para ser viático, fuerza para los peregrinos por los senderos a veces duros y fatigosos de la vida y de la misma fe, porque sólo la fuerza de este alimento nos hace posible recorrerlos y hasta levantarnos si tropezamos. Él nos lo dejó dicho en su discurso de Cafarnaúm: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros …El que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 53, 55).Energía para vivir y caminar en busca del reino definitivo, pero con el vigor y la alegría de estar unido a quien es la fuerza y la salvación, Jesús sacramentado.
“Estar, caminar, arrodillarse”: El pensamiento del Papa sobre el Corpus.
En estrecha línea con lo que estamos comentando, permíteme, amigo acompañante, que te copie un párrafo con el que comienza su honda meditación sobre el Corpus Christi nuestro papa Benedicto XVI, en el libro ya mencionado en estas páginas, donde reúne, todavía como cardenal Ratzinger, varias meditaciones sobre fiestas del año litúrgico; te doy nuevamente el título, lo puedes encontrar porque es de reciente edición: “El resplandor de Dios en nuestro tiempo”, editorial Herder. El texto rezuma la calidad contemplativa e intelectual de nuestro pontífice.
Su lectura me ha dado pie a una sabrosa reflexión que comparto contigo. Los tres verbos que componen el título resumen para el papa Ratzinger el sentido de esta radiante fiesta del año cristiano: ‘Estar’…, claro es, con Cristo Jesús, estar cenando con Él junto a los demás hermanos. Es la renovación, la memoria de la cena pascual en la víspera de su entrega y pasión.
El segundo es ‘caminar’: Ahora ya nos hallamos en el tiempo pospascual, nuestro tiempo, el hoy y aquí de nuestra condición de ‘viatores’, caminantes. ¿Habrá algo más afín a lo que este peregrino del silencio estima como esencia de su vivir? Peregrinar, caminar, recorrer el sendero de la vida…, pero no ‘a su aire’,’a mi manera’ como proclama enfática y frívolamente un famoso cantante. No hay más ‘manera’ en el caminar que hacerlo por los caminos del Señor, que es ‘el Camino’, y hacerlo según sus enseñanzas, como proclama el salmista: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad” (S 24).
Y como actitud más rendida, el tercero: ‘arrodillarse’. La adoración sincera…,postura la más adecuada del hombre ante Dios. Como dice el antiguo refrán popular: “Que nunca es más grande el hombre que cuando está de rodillas”. El arrodillarse ante el Señor expresa el sentido del “andar en verdad” teresiano, la virtud hoy (y siempre) tan poco atractiva de la humildad, el reconocimiento de la infinita distancia entre el Creador (por mucho que él se haya abajado) y la criatura.
Pero veamos cómo lo dice el texto del Papa, con una claridad que no tiene desperdicio:
“Si queremos entender qué significa la fiesta del Corpus es aconsejable contemplar con sencillez la figura litúrgica en la que la Iglesia interpreta y celebra el sentido de esta fiesta. Más allá de lo común que une a todas las fiestas cristianas, hay sobre todo tres elementos que constituyen la figura festiva de este día. Primero, es la reunión comunitaria en torno al Señor, el estar en presencia del Señor, estar en solidaridad con el Señor y, de ese modo, estar juntos. Como segundo elemento se halla el caminar con el Señor, la procesión; y, por último, lo que constituye el contenido de todo esto, su centro y su punto culminante: el arrodillarse ante el Señor, la adoración, la glorificación y la alegría por su cercanía. Estar ante el Señor, caminar con el Señor, arrodillarse ante el Señor son, pues, los tres elementos constructivos de este día que queremos contemplar”.
Así, con esta triple actitud de presencia, junto a todo el pueblo creyente, de ir al lado del Señor, que procesiona en espléndidas o sencillas custodias, y de sincera, humilde adoración, te deseo que vivas esta gloriosa y radiante festividad, que constituye para este peregrino una de las más entrañables del año litúrgico. Muchas han sido las ocasiones y lugares en que la vivencia del día del Corpus a lo largo de los años constituye una auténtica peregrinación, en la que se han conjuntado el brillo de la procesión por calles y plazas con el silencio adorante en los templos. Pero eso da materia descriptiva y gráfica para otro artículo que te prometo, pues, como el Corpus tiene una octava de celebración, quiero compartir contigo algo de esas experiencias singulares en torno al misterio eucarístico.
Termino con la clásica jaculatoria: “Alabado sea Jesús sacramentado ahora y por siempre. Amén”
El sendero que amaste tanto,
queda presente
entre el peregrinar de tu Amor a Dios
y tus escritos, amantes de lo Eterno.
Tu Camino, hacia el Padre.
Tu Verdad, Jesús.
Tu Vida, la Resurrección en Cristo.
TU AMIGA POR SIEMPRE
MARÍA DOLORES GÓMEZ ZAFRA.