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ECCLESIA DIGITAL:
“Serían las cuatro de la tarde”. Es la traducción al lenguaje actual de la más clásica versión castellana del texto evangélico que dice, utilizando el horario romano: “Sería la hora décima”. Da igual, lo importante es la precisión del evangelista al narrar el acontecimiento que determinó para siempre su vida: el encuentro con Jesús de Nazaret.
A la distancia nada desdeñable de más de sesenta años, cuando redacta sus vivencias de relación personalísima con su Maestro, vivencias profundamente meditadas, para el autor del cuarto Evangelio, el apóstol Juan para nuestra fe popular, sin entrar en disquisiciones bíblicas eruditas, para este hombre de tan fina sensibilidad hay un dato que ha quedado imborrable en su memoria de anciano: la hora del encuentro con aquel personaje que pasaba, mientras él y su amigo Andrés departían con Juan el Bautista, que al ver venir a ese extraño (al que, sin embargo, él conocía muy bien) da un testimonio sin paliativos: “Ese es el Cordero de Dios”. ¿Cuál es la reacción de los discípulos del asceta del desierto?: un indefinible impulso les mueve a levantarse y salir detrás del que ya seguía su camino, pero que, al percatarse de la acción de los aquellos jóvenes, se vuelve y pregunta, fijando en ellos sus ojos: “¿Qué buscáis?”. La respuesta: “Maestro (¿qué misterio emana de ese todavía desconocido para, de entrada, darle el respetuoso apelativo de ’Rabbí’?)… Maestro, ¿dónde vives?” Invitación de aquel personaje que fascina cada vez más a los dos ‘buscadores’: “Venid y lo veréis”… Aceptada la propuesta, se quedan con él toda la tarde. Y es ahora cuando el ‘cronista’ evangélico aporta el dato exacto con el que comenzamos nuestra exposición: “Serían las cuatro de la tarde”. Tiempo en el que comienza una relación que va a decidir la vida y la obra de aquel joven que se oculta siempre bajo la expresión “el discípulo al que Jesús tanto quería”.
El Peregrino del silencio confiesa que muy pocos pasajes del Evangelio logran conmoverle de modo tan ‘cordial’, tan hondo como esta escena, con sus precisiones de recuerdo imborrable.
El efecto inmediato de aquel encuentro lo narra el mismo evangelista: Andrés y el otro discípulo buscan a Simón, hermano del primero, al que dice sin la menor duda: “Hemos encintrado al Mesías”. Y lo llevó a Jesús…..
Basta con lo dicho para nuestra intención, que es doble: por un lado el valor del testimonio, del que tenemos aquí dos muestras: la del Bautista y la de Andrés. Pero no deseamos extendernos en unas edificantes consideraciones sobre esa realidad del influjo testimonial para el encuentro con y seguimiento de Jesús. El mayor interés del Peregrino es fijarse en otro aspecto más sutil, más, digamos, ‘misterioso’, al hilo de lo que la liturgia nos está proponiendo en este primer periodo del tiempo ordinario (¡caray!, qué expresión tan poco feliz para referirse a acontecimientos tan extraordinarios, pero el lenguaje ‘formal’ es así de árido; a aguantarse).
Este tiempo en que estamos nos presenta a Jesús de Nazaret, tras recibir la unción del bautismo y pasar por la prueba de su ayuno y enfrentamiento con el Tentador (que se nos reserva para meditar en la Cuaresma), en el albor de su vida pública, en parte en contacto aún con el ambiente del Bautista… Romano Guardini, en esa excepcional obra, “El Señor”, que cualquiera que tenga sincero deseo de ahondar en la figura y el ser del Señor Jesús debería conocer y meditar –da para hacerlo toda la vida, se sabe por experiencia-, Guardini dedica varios párrafos a glosar este fenómeno que constituye la aparición de Jesús en el ambiente de aquella Palestina tan agitada por expectativas y tensiones muy varias e incluso contrapuestas. Y se explaya comentando el impacto que debió causar este hombre tan singular, el halo de potencia vital que emanaba de él (¿y cómo no, si estaba repleto del Espíritu Santo?). Para quienes miraban la realidad sin prejuicios y con sincera esperanza debió ser algo prodigioso, intensamente conmovedor (como hoy lo sigue siendo).
Así se explican las cosas que comienzan a suceder a su alrededor, la captación de los primeros discípulos y el quedar ‘enganchados’ en su persona sin ofrecer dudas ni resistencia (eso vendrá después). Es el poder de arrastre que todavía no queda empañado por la sospecha o la reticencia. Es el momento de las decisiones radicales, ante y tras ese Jesús que pasa, interroga, invita y cautiva hasta el compromiso existencial.
Otro relevante (y fiable) autor contemporáneo, español éste, Juan Martín Velasco, afirma en su preciosa obra “Experiencia cristiana de Dios”, que la vivencia de la fe transformante, que vincula irrevocablemente, sólo se da en quien haya tendido un encuentro personal con Cristo. Esto no implica nada de ‘apariciones’ estilo ‘camino de Damasco’, pero sí el que se haya experimentado la realidad de Jesucristo como persona viva y actuante más que como ‘ideograma’. Es lo que está sucediendo a estos discípulos que aparecen en los primeros capítulos de los Evangelios. Para este ‘impenitente’ buscador que es el Peregrino del silencio, acuciado por el ‘reclamo’ de aquel verso sálmico “Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi rostro’. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”, aquella escena bellísima del cuarto evangelio, repleta de vibraciones inefables, es como un paradigma del efecto ‘arrastrante’ de Jesús que pasa. Refleja la experiencia del joven apóstol evangelista, revivida en su ancianidad con todo el halo de los recuerdos que determinan la vida para siempre: “Serían las cuatro de la tarde”… ¡Qu,e detalle tan evocador! La hora absolutamente única y definitiva del hallazgo-encuentro con Jesús, el Señor.
Así lo deseo a cuantos buscan la luz bajo la que poner su vida, sin temor a quedar obnubilados por las tinieblas…. ¡No ‘pasemos’ del Jesús que pasa, sin preguntarle: “Maestro, ¿dónde vives?!”… Porque Él seguro que no va a rehuir la invitación: “Venid y lo veréis”… Y la vida, su sentido, cambian absoluta y definitivamente.
Amigos: ¡¡Santo y provechoso tiempo ‘ordinario’!!
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