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ECCLESIA DIGITAL:
Hijo, tus pecados quedan perdonados. Estas palabras de Jesús al paralítico que tenía delante, provocaron una reacción violenta de parte de los escribas que le escuchaban: ¿Por qué habla éste así? Blasfema.
¿Quién puede perdonar los pecados, fuera de Dios? Los responsables del pueblo judío se escandalizaban de que Jesús se atribuyera el derecho de perdonar pecados. Creían en Dios, aceptaban que el hombre cometer pecados, y reconocían que el perdón de estos pecados quedaba reservado a Dios. Para ellos el único problema era la pretensión de Jesús de poder liberar al hombre del peso de sus culpas. Y entonces, con gran sorpresa de todos, para corroborar su palabra y mostrar la autoridad que le competía, Jesús invita a caminar al pobre paralítico que yacía postrado en su camilla.
Con este gesto Jesús proclama que ha llegado el año de gracia del jubileo, el momento de la remisión de todo el peso de los delitos que el hombre ha podido ir acumulando a lo largo de la historia. Esta presencia del mal, del pecado, en la vida de los hombres a menudo es causa de angustia y plantea muchos interrogantes. Pero en el designio de Dios, la victoria no está reservada al mal, sino al bien. El oráculo del libro del profeta Isaías decía en la primera lectura: No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes, y no me acordaba de tus pecados. Es Dios mismo que invita al hombre a la esperanza, que, al declarar cancelado todo lo negativo que haya podido existir, abre nuevos horizontes, invita a la amistad con Dios, a iniciar un nuevo tipo de relación con Dios.
Y esta voluntad salvadora de Dios se ha manifestado con toda su potencia en Jesús, el Hijo de Dios. Como afirmaba Pablo en la segunda lectura, en él todo se ha convertido en un sí, en él todas las promesas han recibido un sí. Jesús nos ha ungido, nos ha sellado y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu, por cuya fuerza podemos responder a Dios el amén, es decir nuestra adhesión a su obra de amor y salvación. Esta es la realidad que nos ofrece nuestra fe cristiana. Depende de nosotros aceptarla o rechazarla.
El hombre de hoy rechaza la idea misma del pecado. Hablar de pecado significa reconocer que podemos equivocarnos, que podemos apartarnos de un determinado modo de actuar, de unas consignas establecidas por alguien, que se quiera llamar Dios. En nuestra mentalidad no deja de estar presente la insidiosa propuesta de la serpiente: Seréis como dioses. Ciertamente, Dios deseaba elevar al hombre hasta la dignidad de hijo de Dios, y hacerle participar de su misma vida eterna, pero no por el camino ofrecido por el tentador. Queremos ser como dioses, no depender de nadie, no nos gusta reconocer nuestros errores, nuestras deficiencias. Por esto nos molesta que nos hablen de pecado. Y sin embargo éste es el único camino por el que podemos llegar a la libertad, a la salvación.
Si queremos ser libres, si queremos gozar de todas las posibilidades que Dios ha puesto en nuestra naturaleza, conviene reconocernos pecadores, aceptar nuestra debilidad, nuestra malicia y miseria. Sólo entonces Jesús podrá decirnos: Hijo, tus pecados quedan perdonados, que es lo mismo que si dijera: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. ¿Imaginamos el grito de gozo que aquel hombre debió prorrumpir al experimentar, al darse cuenta que no estaba ya atado a su lecho, que era libre, que podía caminar, correr, sin tener que depender de otros como hasta aquel momento? La imagen es sumamente gráfica y puede inculcarnos lo que nos espera si, dejando de lado toda vergüenza, todo respeto humano o toda falsa imagen de nosotros, no dudamos en confesar en voz alta que hemos pecado, que necesitamos que el amor de Dios se derrame sobre nosotros para devolvernos a la vida, a la libertad, a la condición de hijos de Dios, para aceptar el sí que puede cambiar nuestra misma existencia.
ahora intento ayudar a otros que estan en esta misma situacion y es increible pero me pasa como la mujer que entregaba el aceite para el candelabro del templo, que aunque lo saca para darlo no mengua sino que incluso aumenta la cantidad en la tinaja asi es como tengo que pagarlo dando gratis lo que se me dio gratis.