



Qué aterrador es afrontar mi yo desnudo y necesitado, ese yo que ansía amor y que sabe que no puede hacer nada para manipular el universo y lograr que le proporcione la única forma de amor que realmente necesita ... El quid del problema es que no puedo sentir el amor de Dios, porque no me atrevo a aceptarlo incondicionalmente. Para saber que soy amado debo aceptar la espantosa indefensión y vulnerabilidad que es mi verdadero estado, y esto es siempre aterrador.
El simple hecho de mi humanidad debería ser una fuente inagotable de gozo y placer. Al alegrarme por aquello que mi Creador ha hecho de mí estoy abriendo mi corazón a la salvación que me ofrece mi Redentor. Es una manera de saborear las primicias de la redención y la restauración. El gozo de ser hombre es tan puro que quienes tienen una comprensión cristiana débil pueden incluso llegar a confundirlo con el gozo de ser algo distinto del hombre, por ejemplo, un ángel o algo por el estilo. Pero Dios no se hizo ángel. Se hizo hombre.
(Diarios de Thomas Merton: 1960-1968, Ediciones Oniro, Barcelona 2001)