



Qué aterrador es afrontar mi yo desnudo y necesitado, ese yo que ansía amor y que sabe que no puede hacer nada para manipular el universo y lograr que le proporcione la única forma de amor que realmente necesita ... El quid del problema es que no puedo sentir el amor de Dios, porque no me atrevo a aceptarlo incondicionalmente. Para saber que soy amado debo aceptar la espantosa indefensión y vulnerabilidad que es mi verdadero estado, y esto es siempre aterrador.
Encontrar la paz y el sosiego del espíritu y del cuerpo es un deseo cada vez más urgente para todos. Los cristianos sienten a veces el ahogo de un mundo cerrado en lo visible, por eso buscan un clima de paz que les ayude a centrarse en el misterio de Dios. Y lo buscan junto a una comunidad orante, donde puedan compartir el diálogo con Dios en un ambiente de serena armonía.
El monasterio ofrece un clima ideal para estos fines; con tal, eso sí, que los que se acercan a él estén en una situación capaz de sacar fruto de su visita. Porque la experiencia enseña que, venir a un monasterio en situaciones difíciles de mente o cuerpo, puede resultar contraproducente e insatisfactoria.
En lo que tenemos que insistir hoy día, es en el fin espiritual . Sigue siendo primordial que el huésped busque un beneficio espiritual al venir al monasterio, y mucho más en los tiempos en que vivimos, dado los muchos problemas que arrastra el hombre de hoy.